miércoles, 23 de octubre de 2013

JULIO LLAMAZARES, LAS LÁGRIMAS DE SAN LORENZO










Ficha técnica: 

Título: Las lágrimas de San Lorenzo 

Autor: Julio Llamazares 

Editorial: Alfaguara 

ISBN: 9788420414423

Páginas: 200

Precio: 18 euros



Sinopsis (editorial): 

Una emocionante historia sobre los paraísos e infiernos perdidos -padres e hijos, amantes y amigos, encuentros y despedidas- que recorren toda una vida entre la fugacidad del tiempo y los anclajes de la memoria.

«-Cada estrella que pasa —dijo Otto— es un verano de nuestra vida.
-No —le corrigió Nadia, su novia, sin dejar de mirar al cielo—. Cada estrella que pasa es una vida.»

Un profesor de universidad que ha rodado por Europa como una bola del desierto sin echar raíces en ningún lugar regresa a Ibiza, donde pasó sus mejores años de joven, para asistir junto con su hijo, del que vive separado hace ya tiempo, a la lluvia de estrellas de la mágica noche de San Lorenzo. La contemplación del cielo, el olor del campo y del mar y el recuerdo de los días pasados desatan en él la melancolía, pero también la imaginación.

«—¿La has visto? —me dice Pedro, mirándome.
—Sí —le respondo yo.
Da igual que la viera o no. Al niño le da lo mismo que sea verdad o mentira y, en el fondo, prefiere que le mienta con tal de compartir su emoción conmigo.
Le he traído hasta aquí arriba para verlas. Lejos de las construcciones que ocupan toda la isla y cuyas luces alumbran la lejanía como si fuera un cielo invertido. Es imposible escapar de ellas por más que uno se aleje de donde están.»



Mi opinión:

¿Tú qué crees? ¿Las estrellas son eternas o finitas? ¿Y el mar? ¿Y la noche? ¿Y el amor? ¿Y el hombre? Todos ellos pueden ser ambas cosas, inmutables o limitados, infinitos o caducos. Este es el juego que le sirve a Julio Llamazares para reflexionar sobre la vida del hombre en su última novela. Porque la noche parece infinita, siempre regresa y, sin embargo, muere en cada nuevo amanecer. También las estrellas parecen adornar eternamente el tapiz del cielo y, sin embargo, se apagan. Y el mar... el mar siempre está ahí pero se renueva a cada minuto, con el agua que va y que vuelve. Y cada hombre es capaz de amar hasta el infinito, a múltiples personas, el amor es inagotable y, sin embargo, también se acaba en cada relación fallida. ¿Y el hombre? El hombre está claro que muere, que tiene sus días contados... pero la herencia que deja a sus hijos, la sucesión de generaciones, el eterno ciclo de la vida convierte al hombre en un elemento tan inmutable como el mar, la noche o las estrellas.

De padres y de hijos habla mucho en esta obra Llamazares. De hecho, el libro comienza con un paralelismo protagonizado por un padre y un hijo: en el primer capítulo, el protagonista es el niño que contempla las lágrimas de San Lorenzo junto a su padre; en el segundo capítulo, el protagonista sigue siendo aquel niño, ya convertido en padre y observa las mismas estrellas con su hijo. Ambos episodios anecdóticos (y, sin embargo, tan significativos, sobre todo para el protagonista), dan pie a Llamazares a reflexionar sobre las relaciones paterno-filiales, sobre la admiración, el amor incondicional, el tiempo compartido... pero también sobre los momentos de alejamiento, las ideas distintas, las vidas no aprobadas, el momento de desencanto, las mentiras, los secretos y los silencios. 

El autor dibuja la trayectoria vital del protagonista, un profesor que ha vivido en mil ciudades, que ha dejado atrás a decenas de amigos y aun buen puñado de amantes. Pero, en el fondo, la vida de este personaje, la vida de un solo hombre, le sirve para hablar de la vida del ser humano, de su trayectoria, de su camino hacia la madurez, de la pérdida de las ilusiones y la llegada al tiempo de la decepción a medida que se va creciendo, de la soledad y del miedo que surge cuando uno ya ha enterrado a todos sus predecesores y se sabe el primero en la fila para morir. 



LA NOCHE


Hay mucha melancolía en esta narración. Melancolía por lo que ya no está, por lo que se fue, por lo que se hizo mal y, sobre todo, por la sensación de tiempo que se escapa entre los dedos sin haberlo compartido con quienes hubieras querido, sin haberlo vivido con la intensidad que merece, sin haberlo disfrutado con la felicidad radiante que exige el segundo que no volverá más.

Llamazares nos habla, en esta novela llena de escenarios (aunque brille con luz propia la isla de Ibiza) y de sensaciones (hay constantes referencias a los olores, por ejemplo), de esa melancolía o de ese miedo emboscados en la noche que nos atacan sin piedad en la soledad y el silencio de la oscuridad. La noche se convierte en protagonista de la novela y en ella se encienden sus elementos más característicos: el silencio, la luna, la quietud y, por supuesto, las estrellas.



LLUVIA DE ESTRELLAS



"A la noche se empiezan a encender las preguntas", decía Salinas. Y aquí las que se encienden son las historias. Llamazares nos regala una historia, un recuerdo, un retazo de la vida del protagonista, en cada capítulo y con ella nos entrega una estrella más, una de las muchas que va contando a lo largo de la novela, como las cuentan, también, el padre y el hijo de las noches paralelas que estructuran la obra: el autor va intercalando una línea temporal más cercana al presente, en la que comparte tiempo con su hijo, al que no ve demasiado, y los recuerdos de toda su vida, comenzando por esa otra noche estrellada que abre el libro. Recorremos, así, la vida del protagonista desde su infancia hasta su madurez, sintiendo que, en ese juego de la mutabilidad y la inmutabilidad del que hablaba al principio, él es el mismo pero también ha cambiado, la vida le ha moldeado, los años no han pasado en balde.

La lluvia de estrellas unifica, pues, una novela en la que, además, ejercen un importantísimo papel metafórico. Las estrellas nos hablan de esa perdurabilidad y de esa caducidad a las que ya he aludido, pero también simbolizan la ilusión, el deseo, la felicidad... y la muerte, porque el protagonista cree que cada persona que fallece aparece en el cielo como una estrella brillante más y ahí continuará mientras la sigas mirando cada noche, mientras la sigas recordando.

La muerte, otro de los temas fundamentales que recorre la obra, como lo es también la memoria, habla, además, de la pérdida, no solo por la caducidad del ser humano, sino también de lo que vamos dejando atrás, de los amigos, los amores, las ciudades, los trabajos, las ilusiones que se van quedando por el camino, las relaciones que se enfrían y se adormecen aunque no se olviden. Aunque sean las que te unen a tus padres o a tus hijos.

Y es que la familia ocupa un lugar destacado en esta novela en la que también se habla (y mucho) de raíces: del sentimiento de pertenencia a un núcleo familiar, a un grupo de personas y también a un país, a una tierra, a una lengua.



EL TIEMPO



Como el rumor del mar que acompaña al protagonista, el eco del tiempo vivido recorre e impregna toda la novela. De hecho, el paralelismo entre las dos noches que ejercen de detonador de ambas líneas temporales acaba sirviendo al protagonista para negar el tiempo o, al menos, para dudar de su existencia. ¿Es la misma noche? ¿El niño soy yo o es mi hijo?, duda el protagonista. 

Pero sí que existe. El tiempo existe, pasa y se lleva tanto con él. Al final, el protagonista llega a decir que el tiempo es lo único que existe, lo único que sobrevivirá a todo, a lo mutable y a lo que parece inmutable y no lo es. 

Llamazares plantea, pues, en esta novela serena como una noche estrellada la reflexión sobre los temas fundamentales del ser humano: las raíces, la muerte, el paso del tiempo, la madurez, la soledad, el amor, la ilusión, la decepción... Y lo hace jugando eternamente con la oposición entre lo finito y lo perdurable, entre el tiempo en el que no existe el miedo y el tiempo en el que el miedo a morir parece continuo. Caminando a través de las diferentes edades del hombre, el autor nos habla de la vida de este protagonista que espera escribir la novela de su vida, titulada precisamente Las lágrimas de San Lorenzo, cuando la sienta de verdad, cuando haya vivido lo suficiente para plasmar lo que lleva por dentro. Completa Llamazares, así, un juego de oposiciones y paralelismos que también es metaliterario y que nos hace pensar en lo individual y en lo colectivo, en el ser humano único que somos y en lo que nos parecemos a quienes tenemos al lado.

Nos seguimos leyendo. 







Lidia Casado






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