Hay novelas que te atrapan desde
la primera página. ¡Qué digo! ¿Desde la primera página? Las hay a las que te
quedas pegada como una mosca en una telaraña desde el primer párrafo, desde la
primera línea. Esta es una de esas novelas. Una primera frase (“Cuando tenía
dos meses de edad, mi madre intentó ahogarme mientras me bañaba”) que te
remueve por dentro y de la que es imposible no hablar con la autora.
-
La primera vez que no te quiero es una novela que
rompe esquemas desde el título hasta el punto final, incluyendo, claro está,
esa primera frase que nos sitúa ya en una infancia infeliz. Usted indaga en el
territorio de la infancia para, de alguna manera, explicar algunas de las
características de la Julia actual, como ese afán por ser querida que viene del
débito que sufre desde su padre. ¿Somos lo que fuimos?
Sí,
indudablemente. Yo creo que la escena del principio tiene dos lecturas. Una es
la que tú acabas de hacer: Julia se interroga sobre su tristeza, ese es el
origen de la novela, el origen del relato que Julia se va a hacer, la novela es
el relato que Julia se hace, lo que ella va pensando; es una interrogación
sobre por qué aparece la tristeza inmediatamente después de algún momento de
alegría. Ella indaga en esa interrogación y encuentra ese episodio de su
infancia, episodio que ha sido determinante para instalar en ella la tristeza.
Pero, en segundo lugar, esta madre asesina también se puede leer como una metáfora
de la incapacidad de las madres de aquella época para educar y poner en la vida
a las hijas con instrumentos que les sirviesen para hacer frente a la realidad
que se estaba viviendo entonces en España. Eran madres que no pudieron
transmitir vida a sus hijas, transmitieron una vida que estaba muerta: la
sumisión al marido, la maternidad entregada, la pasividad… esa tela de araña de
la que Julia se quiere desprender.
-
Buscando alejarse de esa infancia y de los modelos masculino y femenino que
suponen su padre y su madre, Julia explora otros muchos modelos de hombre y de
mujer, de manera que el libro se convierte en un extenso catálogo de maneras de
ser hombre y de maneras de ser mujer. ¿De dónde nace esta preocupación por la
definición genérica del ser humano?
Es
una interrogación casi primera, aparece en todos nosotros y es una pregunta que
casi nunca se cierra: ¿quién soy yo? Se va formulando de diferentes modos a lo
largo de la vida pero sigue ahí. Precisamente de esa pregunta surge la
literatura, de esa pregunta surge la necesidad de hacernos relatos. Para saber
quién soy yo respondo con la memoria: yo soy aquella niña a la que mi madre decía
“que nadie diga nada de ti”.
-
Pero esa visión choca con lo que quiere ser. Entre los modelos de mujer
presentados, Julia admira a esas mujeres fuertes e independientes frente al
modelo sumiso e invisible que representa su madre y al que ella parece abocada.
¿Es la eterna dicotomía a la que las mujeres debemos hacer frente? Y hay una
segunda contradicción: Julia quiere ser independiente pero, al mismo tiempo,
busca continuamente la aceptación y el ser querida y aceptada.
La
educación sentimental o amorosa de hombres y mujeres es diferente. En este
sentido, Julia es prisionera del patriarcado. Para un hombre, querer y ser
querido es importante pero no vertebra su identidad ni determina su vida,
mientras que una mujer, ya solo por la definición de ser madre o ser esposa,
basa su vida en ser amada. La relación que tiene el hombre con el amor y la que
tiene la mujer son completamente diferentes, no tienen nada que ver. Y la de la
mujer es mucho más dramática. Por ejemplo, mientras que un solterón, en el
tiempo de Julia, era un hombre peculiar, que podía ser de muchas maneras, desde
un Casanova, un golfillo, a un hombre apocado ligado a la madre, la mujer que
se quedaba sin casarse estaba muy mal vista. Es un ejemplo de esa doble educación
sentimental.
-
También hay todo un catálogo de modelos masculinos pero he de advertir que mi
impresión general es que son todos bastante negativos: desde el padre que
prefiere a los pájaros antes que a sus hijas, hasta el amante final que se
desentiende hasta en dos ocasiones de la descendencia que Julia gesta, pasando
por el marido que ejerce más de padre que de esposo o el adalid del amor libre
que en el fondo es todo impostura. ¿Por qué predominan los modelos negativos?
Hay
algunos contrapuntos, como por ejemplo Paolo, que es un modelo positivo y que
es quien enseña a Julia, en realidad, a acercarse a sí misma. Pero yo creo si
es así es porque refleja la realidad de un momento histórico determinado La
necesidad de ser amadas de las mujeres y la insatisfacción permanente en este
territorio tienen mucho que ver
con que los padres rechazan a las hijas cuando llegan a la pubertad.
Aunque sean unos padres amorosos cuando son pequeñas, en cuando empieza el
despertar sexual de la niña y los caracteres sexuales secundarios los padres se
asustan y se repliegan y la mujer siente, al mismo tiempo, su madurez sexual y
un rechazo paterno, de manera que se convierte en una ávida buscadora de
aprobación. Llega un momento en el que ese tipo de hombre no se sabe relacionar
con la niña-mujer que es su hija en ese momento e inhibe su intimidad, su
emotividad. Y eso marca mucho a la mujer porque hay un despertar sexual
paralelo al rechazo del hombre y eso las convierte en hambrientas de ser
aceptada y amadas.
También
creo que eso está cambiando, que los hombres de ahora, que tienen una
paternidad mucho más paritaria con sus parejas, que aman a sus hijas de una
manera más tierna y que se alejan del típico modelo de padre de familia van a
tener un acercamiento a la mujer distinto y van a procurar que la mujer sea más
segura de sí misma y tenga más seguro el amor de un hombre.
Pero
también, en ese momento de cambio para la hija, hay un rechazo por parte de
algunas madres, de esas madres como la de Julia: hay una envidia inconsciente
de la libertad de la hija y que lleva, también, a un rechazo. Es decir, que la
niña lo pasa muy mal, lo mires por donde lo mires.
-
Del mismo modo, hay un juego con los nombres de hombre: en la novela hay varios
hombres innombrados, como Señor Oscuro, otro personaje del que aparecen solo
sus siglas, el Mejor Amigo, etc. ¿Por qué?
Uy,
pues no lo sé…
-
¿Inconsciente?
Puede
ser. Bueno, el Señor Oscuro sí que quería que fuese el Señor Oscuro. Ahora
estoy leyendo una novela de Junot Díaz, La maravillosa y breve vida de Óscar, y sale el Señor
Oscuro, es un personaje de esta saga de fantasía que encarna el mal. El Señor
Oscuro es el mal, al menos el mal para Julia. Y los demás… pues no tengo ni
idea, la verdad.
-
Bueno, también hay un juego con los nombres de Julia… ¿Quizá es una manera de
mostrar que nos rebautizamos y nos redefinimos a lo largo de nuestra vida,
también a través de los nombres?
Sí,
esa es una idea fundamental. Julia va cambiando de piel casi como las
serpientes, cambia de identidad, también a través de las lenguas, de los viajes
y de lo que va aprendiendo. Va modificando su manera de ser y su nombre también
cambia, cambia la forma en la que ella se llama a sí misma.
-
Junto a la búsqueda de la propia identidad como hombre o como mujer, la novela
también habla (y mucho) de ideología, de las imposturas que conlleva cualquier
ideología.
Yo
creo que, en aquella época, nos aproximábamos a la ideología desde los afectos.
Muchas veces Julia dice: “no sabíamos la diferencia en la primera, la segunda,
la tercera y la cuarta Internacional”. Era más una especie de grupalidad, de
estar con los tuyos, con tus amigos, que también militaban. No era una
impostura, era natural. Nos acercamos y aprendemos por amor y nos acercábamos a
la política también por afecto. O por desamor, por huir de la vida familiar y
acercarnos a otro grupo más sostenedor. Quizá la impostura, si es que se puede
llamar impostura, en algo que está en la novela porque yo quise que estuviera
presente cuando ella dice: “ser revolucionaria es: punto 1… Punto 2…. Punto 3…”.
-
Sí, a eso me refería. Es como un decálogo que hay que aprenderse, asumirlo y
ponerlo en práctica.
Sí.
Quería mostrar, primero, la parte humorística, imaginaria, de ser
revolucionaria: no se podían llevar determinados abrigos ni zapatos castellanos
(Lola lo cita con tonillo, como la cantinela de la tabla de multiplicar); y, segundo, cómo
estos eslóganes, esta manera de ser de izquierdas, de ser progresista, se
encarnaba en los cuerpos casi como un dogma, sin darnos tiempo a elaborar la
separación entre lo aprendido de los padres y adquirir (o no) conductas nuevas.
Por ejemplo, la libertad sexual a veces era un imperativo, era obligado perder
la virginidad, ser virgen era muy muy feo.
-
Sí, casi se pasa del dogma religioso al dogma ideológico.
Efectivamente,
pasábamos del dogma del Catolicismo al dogma ideológico, cuando solo
progresivamente puedes elaborar uno y otro y construir una identidad más afín a
ti misma. Y es que muchas veces esos dogmas estaban en lucha dentro de ti,
porque tenías ambas ideologías dentro y encontraban en conflicto, por ejemplo,
con el tema de la infidelidad: ¿cómo hacer una pareja abierta, que era el ideal
de la época, viniendo de una educación religiosa como de la que veníamos?
Conlleva mucho sufrimiento.
-
Muy diferente, desde luego, a cómo vivimos la ideología ahora o cómo la viven
los más jóvenes.
Sí,
porque ahora ya no se dan identificaciones tan masivas, son más personales, más
puntuales. Antes eran identificaciones totalitarias y ahora son más líquidas, como
diría Bauhman.
-
La defensa de la ideología está muy ligada en la novela al contexto histórico
en el que se mueven los personajes. Usted rescata literariamente los últimos años
del franquismo y los primeros de la democracia para mostrar el cambio radical
que se experimentó en España y que convirtió nuestra encorsetada sociedad en un
“laboratorio de libertad”. ¿Qué queda hoy de todo aquello?
Pues
queda mucha tristeza por el retroceso y la involución que estamos viviendo. La
generación de Julia y las anteriores transformaron el país, convirtieron este
país en un país moderno, abierto a Europa, con una sanidad universal, con unos
servicios sociales estupendos, con centros de la mujer, con una ley del aborto,
una ley de los anticonceptivos, una ley del divorcio y con muchas conquistas
sociales. Y ahora todo eso se está perdiendo, estamos yendo hacia atrás. Creíamos
que eran conquistas definitivas, que no íbamos a tener que luchar más por ellas
y nos encontramos con que tenemos que pasarle el testigo a los hijos de Julia y
les vamos a pedir que vuelvan a luchar por lo que ella ya consiguió. Hemos
perdido, estamos perdiendo. Así que lo que encontramos es mucha tristeza.
-
La novela muestras las diferencia entre la dos Españas pero también entre España
y lo que se viven en otros países europeos. De alguna manera, su obra es un
canto a la perspectiva que da el viajar, el conocer otros mundos, el salir de
las fronteras de tu propio confort, algo que vuelve a alejar a Julia de su
familia, por cierto.
Entonces
era extraordinario. Cuando escribía la novela, buscaba fragmentos que fueran
muy elocuentes, por ejemplo, en España se hacía solo una marca de yogur, que
era Danone, y cuando Julia sale fuera y ve la cantidad enorme de marcas que hay
fuera ella alucina. España era un país monolítico, todo era único: un único
dictador, una única televisión… y sí era todo: una marca de yogur. Lo que entra
por la puerta cuando la abres es la variedad y la libertad. Hay momentos, justo
cuando se produce el cambio, en el que el observador ve muy bien esa
transformación. Hablaba de ello, por ejemplo, Milan Kundera: cuando aparece el
cine, Kafka (creo que era Kafka) dice que no le gusta el cine porque dice que
le quitaba sus propias imágenes. Hoy no se nos ocurre decir eso, porque el cine
ya forma parte de nuestras vidas, pero en aquel momento es lo que sentía. De
igual modo, en aquel momento, éramos espectadores de una Europa que llegaba a
España.
-
El saber también es protagonista por sí mismo.
Sí,
Julia ama el conocimiento. Le gusta viajar y conocer y aprender, buscar. Ella
no encuentra lo que busca en casa, por eso sale a otros países.
-
Julia quiere aprender y aprender y
aprender, quiere saberlo todo, pero acaba asumiendo que es imposible…
Y
eso le cuesta mucho. El saber entonces estaba vinculado a la promesa ilustrada:
el saber te va a dar felicidad, el saber me va a cambiar a mí y va a cambiar el
mundo. La generación de Julia quería saber, había un ideal de saber que era
poderosísimo y llevaba a un entusiasmo radical. Piensa que es que además muchos
libros no existían, había editoriales clandestinas… El saber estaba rodeado por
un halo casi místico, estaba casi sacralizado. Era muy bonito saber. Y ahora
todo eso se ha perdido.
-
Claro ahora todo es muy diferente: “ya lo buscaré en internet”, ¿no?
Exactamente,
ahora está todo tan a mano que ni se aprecia. Ya no hay ese ideal de saber,
nadie espera que saber cambie la vida. Y piensa que Julia, además, lo que busca
no son saberes instrumentales, ella busca saberes teóricos, no aprender
fotografía o a construir una casa, no; ella busca saberes que no le comportan
ningún tipo de técnica o conocimiento práctico. La cultura era muy importante.
Es muy importante saber.
-Y
hay mucho saber en la novela, sobre todo, vinculado a la psicología, la
psicoterapia, etc. ¿Deformación profesional?
Es
la primera vez que uso un protagonista que es psicoanalista, pero en esta
novela que es más íntima, más personal también, yo quería hablar de lo que sabía
y me parecía que igual que un arquitecto forma su cultura a través de ese
saber, los psicoanalista la formamos a través de nuestro saber y Julia la forma
a través del psicoanálisis. También es una búsqueda de sí misma, para ver si el
psicoanálisis la ayuda, ella misma se psicoanaliza.
-
Hay mucha psicología pero también hay reflexión sobre la literatura, usted
reflexiona sobre cómo hacer literatura, por ejemplo, cuando habla de que Julia,
aspirante a escritora, convierte su memoria en literatura y ve cómo las
historias que le cuentan, las historias de la realidad que van llegando a ella,
son más dramáticas que las historias de ficción. Su novela tiene, pues, un
toque metaliterario.
A
mí lo que me importaba mucho de esta novela era la frontera entre la verdad
narrativa y la verdad biográfica e investigar en cómo se borra. Tenemos la
necesidad de contarnos a nosotros mismos, es la necesidad que tiene Julia y el
motor que impulsa toda la novela y esa necesidad es la necesidad de hacer
literatura de nuestra propia vida, necesidad de relatarnos nuestras vidas.
Hasta el punto de que llega un momento en el que los relatos que uno inventa
sobre su vida sustituyen a la verdad biográfica, porque nuestro cerebro
recupera mejor y olvida menos los recuerdos que están representados como
relatos que aquellos que quedan solo como imagen en nuestra memoria. Quería que
se mostrase que la búsqueda de la identidad es una manera de construir una
narración, memoria y construcción narrativa van de la mano. Es el mismo
esfuerzo que hace la literatura cuando pretende guardar la memoria de un
pueblo, de un individuo, de una familia… Me parece que es lo que tenemos que
seguir haciendo. Debemos intentar seguir contándonos porque de esa manera nos
sabemos más, nos entendemos mejor. En España, por ejemplo,
la falta de memoria histórica ha traído muchos problemas. Todo lo que sea
censurar, borrar, tanto de nuestra vida individual como colectiva, trae vacíos
identitarios muy importantes, en un pueblo y en una persona. Y la literatura,
como relato, intenta salvar esos vacíos, dar un sentido a la Historia.
-
Precisamente yo había asociado lo que estamos hablando sobre la memoria y sobre
la manera en la que recordamos nuestro propio pasado con la estructura de la
novela. Me ha gustado mucho porque es una estructura quebrada que, en un
momento dado, vuelve al principio. Creo que es una manera de marcar el momento
de la ruptura, cuando Julia decide no ser como su madre, es infiel a su marido
y se separa pero también, quizá, una forma de incidir en lo cíclico de la vida
y el desorden de la memoria. No sé si mi lectura coincide en algo con su
intención…
Efectivamente.
Hay una vuelta al principio pero no es exactamente como al principio. Lo que se
produce en la historia de Julia es un proceso: de un rechazo de la madre, de
esa madre-araña que la paraliza, pasamos al reencuentro final con la madre, con
una madre que, de algún modo, también es un poco revolucionaria o que, por lo
menos, da su primera muestra de rebeldía al aceptar un tabú inadmisible de
acuerdo a sus ideales y su educación. Julia se identifica con esa madre
rebelde. Me interesaba mucho ese tránsito, esa capacidad de los seres humanos
de reconciliarnos, de separarnos y de reconciliarnos.
-
Esa reconciliación está marcada por la propia maternidad de Julia. ¿Ser madres
nos reconcilia con nuestras madres?
Sí,
seguro. Y a la madre con la hija. Cuando las mujeres somos madres, automáticamente
se producen las identificaciones con nuestras propias madres, las que queremos
y las que no querríamos tener. Hay un encuentro con los límites de nuestras
madres al encontrarnos con nuestros propios límites.
-
Es que el modelo de madre que usted presenta al comienzo de la novela es un
modelo que se aleja mucho de la maternidad entregada que tradicionalmente ha
mostrado muestra la literatura, o el arte, o el cine… Por lo menos es un modelo
contradictorio, porque sí es una madre amantísima pero también intenta matar a
su hija.
Sí,
es que siempre se ha asociado el ser mujer con el ser madre, es un mito que no
siempre se cumple o que puede tener sus contradicciones. Mi anterior novela en
Siruela, Mi amor desgraciado, habla de esto: es una mujer que sí que mata a
sus hijos. Me interesa mucho la hostilidad de las madres, me interesa porque es
un tema tabú. Se nos vende a la madre como puro amor y pura entrega y en
realidad lo que ocurre es que hay muchos sentimientos encontrados en la
maternidad, empezando por el rechazo o por esa envidia de la que hemos hablado
antes. Hay mujeres insatisfechas que descargan su frustración sobre sus hijas;
sobre sus hijas, no sobre sus hijos, porque le hijo es un valor social, lo
queramos o no. A mí me interesa dar voz a esos sentimientos ocultos en mi
literatura.
-
La maternidad transforma a Julia y eso se nota, incluso, desde el punto
narrativo con un cambio de foco: toda la novela es un relato en primera
persona, el relato, como hemos dicho, que Julia se hace a sí misma, pero en las
páginas finales, empieza a utilizar la segunda persona, a hablarle a un tú que,
en primera instancia, es el padre del hijo pero luego es el propio hijo.
Eso
fue un capricho mío y lo sostuve hasta el final… pero con muchas dudas. Es una
manera de traerla al presente, es como decir: “ya estamos en las últimas páginas,
ya estamos en el presente”. Me parece que ese juego daba dinamismo a la novela
y quería incrementar el ritmo hacia el final. Es una novela que va de una
gravedad muy importante en la infancia y en los episodios de la primera vida
adulta de Julia a una mayor levedad, al encuentro con la alegría. Además, ese tú
también da un carácter de interpelar a otro, de que haya un otro fuera con el
que dialogar. Quería que se viera que hay un elemento nuevo, que algo va a
pasar. Por eso lo mantuve.
-
Y no quiero acabar la entrevista sin que me hable de otro de los elementos que
más curiosidad me han provocado: usted juega, en varios momentos de la narración,
con el asco, con la provocación al lector. Habla de tortillas con cucarachas,
de mocos que endurecen mangas, de rabos de perro cortados… ¿Por qué?
Es
que la España de entonces era así: era pobre, era zafia, era sucia, se les
cortaba el rabito a los perros… hemos olvidado de dónde venimos y venimos de
esa España, de esas calles sin asfalto, llenas de barro, calles que Julia
imagina convertidas en el Himalaya, pero que no son más que barro. Esa era la
realidad y yo quería mostrar la realidad porque es mucho más admirable el
cambio que dio esa generación a partir de esa España rural y pobre, ignorante.
Esa generación venía de ahí pero se hizo políglota, urbana, libre… Y me
interesaba mucho mostrarlo. Fíjate que me lo dicen mucho, han llamado mucho la
atención esos toques… Pero es que eran la realidad, aunque hoy choquen tanto,
porque hemos dulcificado mucho las cosas y vivimos en la era de lo políticamente
correcto. Ponen al lector frente a lo terrible y era muy consciente al hacerlo.
Lidia Casado
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