miércoles, 23 de octubre de 2013

Encuentro con Julio Llamazares: "la literatura es lo que te queda de un libro cuando ya te has olvidado de qué iba"













Hace unos meses descubrí un rincón mágico en Alcalá de Henares: la Librería de Javier. Lo conocí a través de las redes sociales y de su web y me quedé maravillada por la cantidad de encuentros con autores que lleva a cabo, por su lucha por la cultura y la literatura. Todavía no había podido asistir a ningún encuentro pero, por fin, el pasado 5 de octubre, pude estrenarme. Y lo hice a lo grande: con una de las sesiones más multitudinarias y con un autor que forma parte de la historia de la literatura española y que tiene las ideas muy claras, Julio Llamazares.







Es requisito imprescindible de estos encuentros haber leído el libro, para poder charlar con el autor y que este pueda hablar libremente, sin tener que medir sus palabra por si desvelase algún punto básico de la obra. Así que allá que me fui con Las lágrimas de San Lorenzo bien leído, anotado y reflexionado. Tenía la impresión de que había mucho sobre lo que hablar, porque es una novela corta pero muy densa, con mucho jugo, con mucho contenido, con muchos temas sobre los que reflexionar. Cuando Llamazares comenzó a hablar, comprendí el porqué: “la literatura sirve para hacer sentir y para hacer pensar, no para entretener. Si entretiene, mejor, pero lo que yo busco es, primero, reflexionar yo sobre un tema y luego hacer que quien conecte conmigo piense sobre ese mismo tema”. 

En este sentido, Llamazares explicó que cada una de sus novelas trata de responder a una pregunta determinada, en este caso, la que aparece en el último capítulo de la obra. Después de reflexionar sobre el tiempo, sobre el paso de los años y sus consecuencias, sobre la eternidad y la finitud, sobre nuestro paso por el mundo y lo que nos sobrevivirá, el autor lanza, al final, la pregunta que cierra la obra y que, de algún modo, la abre de nuevo e invita a hacer una nueva lectura bajo esa perspectiva.

La reflexión sobre el tiempo es, pues, el gran tema de esta novela, aunque también recorre toda la obra la idea, que el autor confesó tener desde pequeño, de que “aunque nos creamos eternos, la vida de las personas no es más que una estrella fugaz en la noche del tiempo”. De hecho, las estrellas fugaces tienen una función múltiple en la novela. Por un lado, ejercen de metáforas o símbolos, tal y como ha ocurrido siempre con ellas, desde el principio de la humanidad. Pero, además, son las que van estructurando la obra: aquí no hay un capítulo 1, seguido de un capítulo 2 y así hasta al final. Esta novela se abre con un "una..." que continúa con un "otra..." y otro "otra..." y así hasta la pregunta final. Las estrellas fugaces que pasan en las dos noches estrelladas que soportan el peso del argumento (la novela comienza con un padre y un hijo viendo las Lágrimas de San Lorenzo, imagen que, en realidad, es el recuerdo de ese niño, ya adulto, mientras contempla la misma lluvia de estrellas cincuenta años después, con su propio hijo) van dejando caer recuerdos y reflexiones en cada capítulo, de manera que esa lluvia de estrellas real que tiene lugar dentro del libro se traduce en una lluvia de ideas para el lector que va recibiendo cada una de esas estrellas fugaces. “Las estrellas fugaces te hacen ir, viajar a tus recuerdos, a tus sueños. Leer es soñar despierto”, aclaró sobre el tema Llamazares.







Convertir los capítulos en estrellas fugaces forma parte de lo que el autor llamó “arquitectura” de la novela y es, para él, uno de los momentos clave a la hora de abordar la escritura de una obra. “Cuando empiezo una novela, siempre parto de una imagen, un título y una arquitectura. Tengo una idea general sobre lo que va a ocurrir, un aroma de la novela, pero no sé qué va a pasar en cada capítulo”, aseguró el autor, para quien “lo de menos en las novelas es lo que cuentan; lo importante es cómo lo cuentan". En este sentido, Llamazares abogó por la poesía como género principal de la literatura, explicando que “la novela no es el género superior, aunque el mercado así lo haya establecido. No hay un género superior a otro, solo la poesía es superior, porque debe polinizar a los demás para que la literatura sea literatura, para que las palabra signifiquen más de lo significan. Si no hay poesía, no hay literatura, hay escritura”.



EL MERCADO NO DEBE REGIR LA LITERATURA 



Esta no sería la única crítica al mercado que el autor haría a lo largo de la charla. De hecho, se mostró muy duro con la situación actual de la literatura, empezando por una afirmación rotunda: “escribir es fácil; escribir bien, no”. Llamazares aseguró que “escribir es poner en un papel lo que te viene a la cabeza pero cuando uno escribe porque la literatura es un fin en sí mismo, porque es tu manera de ser y de entender el mundo, y no un fin, entonces, escribir consiste en poner junto a cada palabra el adjetivo adecuado, y eso es difícil”. Ahondando en esta misma idea, diferenció entre literatura y escritura y lamentó que la actual sociedad de consumo exija más escritura que literatura: “El libro se rige hoy por las normas del mercado. Hasta hace unos años, el escritor era una figura marginal porque hacía algo que no servía para nada. En los últimos años, la situación ha dado un vuelco: ahora despierta expectación y todo el mundo escribe, cualquier folclórica que ha superado una depresión escribe un libro. Pero eso no tiene nada que ver con la literatura”.

De igual modo, alabó la labor de Javier y de otros tantos libreros que, como él, luchan por la cultura y hacen que sus clientes vivan la literatura mediante consejos, debates y recomendaciones. “El librero es un personaje que habría que defender, como la sanidad y la educación públicas. El libro literario ha entrado en una deriva que puede marcar su fin, tiene muchos factores en contra, como el propio mercado. Muchos libros se venden hoy en grandes superficies comerciales y no en librerías, pero las grandes superficies trabajan con criterios económicos: si no vendes tantos ejemplares a la semana, si no eres rentable, desapareces de sus estanterías. Si seguimos así, acabaremos con cualquier obra que no sea novedad, buscar un libro de hace un año será una labor arqueológica. Las librerías, en cambio, mantienen vivos los libros con su fondo de librería. Si desaparecen los libreros desaparecerá el libro literario. Además, su labor social es impagable y no reciben ningún apoyo. Creo que habría que defenderlos y que, en este caso, el Estado debería corregir los excesos del mercado”, aseguró.



¿QUÉ ES LITERATURA? Y TÚ ME LO PREGUNTAS...



En varios momentos de la charla, Llamazares definió lo que es literatura. Para empezar, explicó (enlazando con la literatura como fin en sí mismo de la que ya hemos hablado) que “la literatura no es un oficio, es una manera de estar en el mundo” y, en ese sentido, defendió que escribe “las novelas que me gustaría leer. Cuando escribo, el único lector en el mundo soy yo”. Tras una pregunta sobre el intimismo de sus obras, Llamazares aseguró que “la literatura intenta dar explicación a este absurdo que es la vida, se pregunta qué es la vida, qué sentido tiene la vida, por qué pasa el tiempo y por qué pasa tan deprisa” y añadió que “'Las lágrimas de San Lorenzo' no cuenta nada que no hayamos pensado todos y esa es, precisamente, la función del escritor: poner en palabras lo que mucha gente piensa”.

Asimismo, Llamazares defendió que hay un número de lectores determinados para cada autor: aquellos que conectan con él, que están en la misma sintonía. “Hay una identificación entre el lector y el autor”, aseguró, al tiempo que restaba valor a las intenciones de aquellos autores que concurren a premios literarios buscando encontrar nuevos lectores: “puede que el libro premiado venda mucho más que cualquier otro de tus libros, pero muchos de esos lectores no se quedarán contigo, porque no conectan contigo. Y en tu próxima obra volverás a tus cifras habituales”.







En cualquier caso, explicó que esta conexión entre lector y autor depende de la forma de entender el mundo del autor y no de su biografía. Así, advirtió que “las novelas son mentiras. Pueden tener un componente biográfico y eso hay gente a la que le interesa muchísimo. Pero esa gente se decepciona cuando descubre que lo que cuenta la novela es mentira”. Incidiendo en la misma idea aseguró que “a veces los lectores se decepcionan cuando me conocen porque creen que voy a ser una persona doliente, melancólica... porque es lo que transmiten muchos de mis libros. Pero yo soy normal. Y soy feliz, quizá porque vacío todo lo que me obsesiona en mis novelas”.

Otro punto de conflicto con sus lectores son, según reveló, los finales de sus obras: “a los lectores más tradicionalistas no les gustan los finales de mis novelas porque parece que no acaban”. Así como tampoco se sienten satisfechos los que buscan respuestas concretas a las preguntas lanzadas en sus textos: “la novela no es un jeroglífico del que yo tengo la respuesta, la única respuesta. Cada lector tiene las claves para resolverlo y una vez recorrido el camino, después haber reflexionado, ese jeroglífico, ya resuelto, se incorpora a su vida”, aseguró. La misma reflexión de fondo cabe extraer de la siguiente aseveración del autor: “la literatura es lo que te queda de un libro cuando ya te has olvidado de qué iba, es lo que pasa a formar parte de tu identidad”.

Al hablar de la conexión con los lectores, Llamazares hizo referencia a lo que él llamó el “chispazo poético”. Así, explicó que “la literatura tiene que dar calambre. Si no sientes el chispazo, ese libro no es lo que no buscas. Y si no hay chispazo, no hay literatura. Sin chispazo, la literatura es lo que hacemos para pasar el rato, cuando la literatura para lo que debería servirnos es para pasar la vida”. 








La concurrida charla también dio para reflexionar sobre la memoria, sobre los sentidos y su influencia en nuestro recuerdo, el vigesimoquinto aniversario de La lluvia amarilla o su condición de clásico de la literatura española, estatus sobre el que aseguró que “yo me dedico a escribir, no tengo ningún sentido de la trascendencia. Lo que busco no es trascender sino contar lo que siento en cada momento de la manera más cercana posible a cómo lo siento. Lo peor de un escritor es que se tome en serio a sí mismo. Un escritor debe saber que no es más que una gota en el inmenso océano de la literatura. Yo me tomo en serio la literatura”. 




De esta manera, Llamazares aunaba sus reflexiones personales con uno de los temas principales de Las lágrimas de San Lorenzo: la idea de eternidad o de preeminencia que tenemos los hombres (“cada generación cree que es la única, que es la mejor, que todo empieza y acaba con ella”, en palabras del autor) frente a nuestra finitud. Este choque entre la importancia que creemos que tenemos y nuestro peso real en el curso de la historia también habla del ciclo de la vida, otro de los grandes temas de la novela. Finalmente, y en este mismo sentido, Llamazares explicó que “yo cito mucho a los clásicos porque heredamos una cultura que debemos traspasar a la siguiente generación” y qué mejor manera de llevarlo a cabo que haciendo uso de ella.

Nos seguimos leyendo.




Lidia Casado






Pie para la foto en la que se ve a mucha gente: Al encuentro, celebrado en el Salón de Tapices del Círculo de Contribuyentes de Alcalá de Henares, asistieron otros escritores como Julia Montejo o Juan Vilches

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