Ficha técnica:
Título: La aldea de F.
Autoras: Las Microlocas
Editorial: Edición Kindle
Género: microrrelatos Páginas: 180 (aprox.)
Publicación: Enero 2013
ASIN: B009NY1CKG
Sinopsis (editorial):
Un desierto
inhóspito, lleno de secretos y criaturas de leyenda. Un tren cargado de
viajeros que se extravía, que penetra en la arena infinita y desgasta sus
ruedas hasta los ejes, dejando a sus pasajeros abandonados en ese extraño
limbo. Pasajeros que convierten las charlas incómodas del vagón en amistades y
odios eternos; miradas furtivas que se transforman en romances imposibles y
desgraciados.
Todos ellos fundarán en el
desierto la Aldea de F., donde los niños juegan al escondite con el
esqueleto oxidado del tren y las historias surgen en los rincones más
insospechados.
En este libro de
microrrelatos hemos podido encerrar más de un centenar que sin duda servirán
para esbozar la historia de esta aldea llena de amor y sangre, de magia y
muerte, en la que las dunas ocultan lo impensable; los dioses se disputan a los
vivos, los espectros burlan las leyes de la naturaleza y la muerte se esconde
en una carta de tarot.
Hay
veces en las que un libro te absorbe. No porque la trama te mantenga en vilo (o
no solamente por esa razón) sino porque abrir sus páginas es como hacer un
viaje, como transportarte al mundo que ha creado el autor. Aunque sea, como en
este caso, un libro escrito a ocho manos y el destino sea la Aldea de F., punto
geográfico literario en el que descarriló un tren hace muchos muchos años.
Las
Microlocas o, lo que es lo mismo, Eva Díez Riobello, Isabel González, Teresa
Serván e Isabel Wageman, parten de un relato de Arreola para dar cuerpo a la
aldea en la que descarriló el tren del autor, creando personajes que la
habiten, sueños que la hagan crecer, costumbres que la normalicen, muertes que
la entristezcan, amores que la perpetúen, fantasías que la llenen de vida.
Dividido
en cuatro partes, los microrrelatos contenidos en este libro reconstruyen los
andamios sobre los que se asienta la colectividad de F. Así, en la primera
parte, titulada “La Aldea”, las autoras nos ponen en contacto con los
peculiares seres que la habitan: los que bajaron del tren averiado, los que han
ido llegando, los que se han ido, los que se quedaron atrapados en el esqueleto
de hierro y carbón. Conocerlos es enamorarse de ellos, es descubrir sus
costumbres, sus creencias, su modo de vida. Conocerlos es mudarse con ellos a
la Aldea de F.
La
segunda parte, “Uno de esos accidentes”, indaga en la reacción de los
habitantes ante una de las grandes preocupaciones del ser humano: la muerte.
Con ironía, con cierto surrealismo, con paradojas, pero con la verdad por
delante, las cuatro autoras ofrecen hechos y propuestas alternativas,
reflexiones y preguntas sobre un suceso que, en F., hasta se puede rehuir,
siempre y cuando la invites a unos cuantos tragos en el bar.
En
“Terreno impracticable”, la tercera parte de la obra, Las Microlocas continúan
descubriendo tradiciones y sucesos ocurridos en la Aldea de F., con especial
hincapié en las historias de pareja, las historias de amor o de desamor, las
rivalidades, las decepciones, los pequeños logros, el día a día de quienes
tejen la vida de la aldea con sus actividades cotidianas.
La
cuarta parte, “Traviesos”, está dedicada a los niños de la aldea. Esos que
dejan volar la imaginación para salir del desierto en el que se ubica F. y que
son capaces de crecer dentro de cohetes espaciales o de encontrar oasis entre
las arenas que rodean a la aldea.
Las
Microlocas sumergen al lector en un universo propio habitado por unos seres a
los que vamos conociendo sin pausa y con la prisa propia del cuento que acaba
en un suspiro. La ternura, el amor, la amistad caminan de la mano de la
brutalidad o de ciertas descripciones y narraciones truculentas para pintar el
lienzo por el que discurre la vida misma, con sus dichas y sus miserias.
Mientras, las paradojas y las sorpresas van construyendo los relatos e
involucrando al lector en una obra en la que los objetos, las frases y las
imágenes caminan de relato en relato, creando una senda que seguir, dando lugar
a un itinerario que va de autora en autora, de micro en micro, de personaje en
personaje, unificando esta construcción a ocho manos.
Mención
especial merecen, para mí, tres de las constantes del libro que más me han
gustado: el léxico asociado al mundo de la costura (que, en asociaciones
inesperadas, sorprendentes y maravillosas, sirve hasta para construir y
destruir edificios, trenes, vías y personas), la exploración del terreno de la
infancia y, ligado a él, la deconstrucción de cuentos tradicionales, imaginando
situaciones diferentes (chocantes, paradójicas, alternativas, deliciosas) para
las historias o personajes de los que hemos oído hablar toda la vida.
Este
diálogo interliterario no se produce solo con los cuentos tradicionales. Como
he dicho al principio de la reseña, al hilo del origen de la obra, las
referencias, influencias y transgresiones se establecen con prácticamente toda
la historia de la literatura, especialmente, con los autores y cuentistas
latinoamericanos. Esa influencia latinoamericana, ese tipo de realismo (mágico,
extraño, diferente) o de surrealismo, esa manera de contar, esa dulzura que
hiere o esa verdad escupida a la cara que te hace temblar el corazón están muy
presentes en todos los microrrelatos de La
Aldea de F. Como explica Clara Obligado (coordinadora de la obra y, a la
sazón, fundadora del grupo, por cuanto fue ella quien presentó a las cuatro
integrantes de Las Microlocas), se trata de un homenaje, sí, pero también de un
entrecruzamiento, de una asimilación: somos lo que leemos y escribimos lo que
somos. “No hay otra manera de leer que no sea a través de los autores que
veneramos, ni otra manera de escribir que no sea vampirizándolos”, explica
Obligado, en una cita que me parece que explica a la perfección las influencias
de la obra y que es tan certera como maravillosa.
También
habla Obligado en la nota final del libro del proceso de creación de los
microrrelatos, de la variedad de voces que se acaban unificando, de la
coherencia dentro de la diferencia, de los estilos personales de cada una de
las autoras que se van contagiando de unas a otras como un extraordinario virus
de creatividad y encanto.
Los
micros de Las Microlocas son como las pipas: empiezas y no puedes parar. Son
pequeños, ágiles, se leen tan bien, que cuando quieres darte cuenta ya formas
parte de los habitantes de F. y cuando más estás disfrutando con las travesuras
de los niños, llega la última página. Me han gustado y emocionado tanto tanto
tanto que, desde aquí, quiero responder a las palabras que las autoras dedican
al lector al final de la obra: volveré, seguro. Volveré a tomar el tren que me
lleve a la Aldea de F. porque creo que se convertirá en mi lugar de vacaciones,
mi lugar de recreo, mi lugar de reflexión. Ese rincón del universo en el que te
sientas, con todo el tiempo del mundo por delante, a observar, a mirar, a
pensar, a conocer, a sentir y a disfrutar. Y, por supuesto, recomiendo esta
obra que se lee en unas horas a todo el que quiera pasar un rato con nosotros,
los habitantes de F. Viajando de lector en lector, de estación en estación,
quizá su tren también descarrile en nuestra aldea, en la que todos son
bienvenidos, en la que la vida gira alrededor de un tren sin destino, en la que
todo pasa porque alguien se salió del camino marcado.
Nos
seguimos leyendo.
Lidia Casado

Me parece que me voy a subir a este tren, que me tientas mucho con tu reseña.
ResponderEliminarBesotes!!!
Buena reseña, dan ganas de leerlo.
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