Mostrando entradas con la etiqueta Las Microlocas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Las Microlocas. Mostrar todas las entradas

viernes, 26 de abril de 2013

“La aldea de F.”, de Las Microlocas: descubriendo la extraordinaria ciudad del tren descarrilado



Ficha técnica:
Título: La aldea de F.     
Autoras: Las Microlocas
Editorial: Edición Kindle            
Género: microrrelatos Páginas: 180 (aprox.)
Publicación:  Enero 2013   
ASIN: B009NY1CKG


Sinopsis (editorial):
  Un desierto inhóspito, lleno de secretos y criaturas de leyenda. Un tren cargado de viajeros que se extravía, que penetra en la arena infinita y desgasta sus ruedas hasta los ejes, dejando a sus pasajeros abandonados en ese extraño limbo. Pasajeros que convierten las charlas incómodas del vagón en amistades y odios eternos; miradas furtivas que se transforman en romances imposibles y desgraciados.
   Todos ellos fundarán en el desierto la Aldea de F., donde los niños juegan al escondite con el esqueleto oxidado del tren y las historias surgen en los rincones más insospechados.
   En este libro de microrrelatos hemos podido encerrar más de un centenar que sin duda servirán para esbozar la historia de esta aldea llena de amor y sangre, de magia y muerte, en la que las dunas ocultan lo impensable; los dioses se disputan a los vivos, los espectros burlan las leyes de la naturaleza y la muerte se esconde en una carta de tarot.

            Hay veces en las que un libro te absorbe. No porque la trama te mantenga en vilo (o no solamente por esa razón) sino porque abrir sus páginas es como hacer un viaje, como transportarte al mundo que ha creado el autor. Aunque sea, como en este caso, un libro escrito a ocho manos y el destino sea la Aldea de F., punto geográfico literario en el que descarriló un tren hace muchos muchos años.
            Las Microlocas o, lo que es lo mismo, Eva Díez Riobello, Isabel González, Teresa Serván e Isabel Wageman, parten de un relato de Arreola para dar cuerpo a la aldea en la que descarriló el tren del autor, creando personajes que la habiten, sueños que la hagan crecer, costumbres que la normalicen, muertes que la entristezcan, amores que la perpetúen, fantasías que la llenen de vida.
            Dividido en cuatro partes, los microrrelatos contenidos en este libro reconstruyen los andamios sobre los que se asienta la colectividad de F. Así, en la primera parte, titulada “La Aldea”, las autoras nos ponen en contacto con los peculiares seres que la habitan: los que bajaron del tren averiado, los que han ido llegando, los que se han ido, los que se quedaron atrapados en el esqueleto de hierro y carbón. Conocerlos es enamorarse de ellos, es descubrir sus costumbres, sus creencias, su modo de vida. Conocerlos es mudarse con ellos a la Aldea de F.
            La segunda parte, “Uno de esos accidentes”, indaga en la reacción de los habitantes ante una de las grandes preocupaciones del ser humano: la muerte. Con ironía, con cierto surrealismo, con paradojas, pero con la verdad por delante, las cuatro autoras ofrecen hechos y propuestas alternativas, reflexiones y preguntas sobre un suceso que, en F., hasta se puede rehuir, siempre y cuando la invites a unos cuantos tragos en el bar.
            En “Terreno impracticable”, la tercera parte de la obra, Las Microlocas continúan descubriendo tradiciones y sucesos ocurridos en la Aldea de F., con especial hincapié en las historias de pareja, las historias de amor o de desamor, las rivalidades, las decepciones, los pequeños logros, el día a día de quienes tejen la vida de la aldea con sus actividades cotidianas.
            La cuarta parte, “Traviesos”, está dedicada a los niños de la aldea. Esos que dejan volar la imaginación para salir del desierto en el que se ubica F. y que son capaces de crecer dentro de cohetes espaciales o de encontrar oasis entre las arenas que rodean a la aldea.
            Las Microlocas sumergen al lector en un universo propio habitado por unos seres a los que vamos conociendo sin pausa y con la prisa propia del cuento que acaba en un suspiro. La ternura, el amor, la amistad caminan de la mano de la brutalidad o de ciertas descripciones y narraciones truculentas para pintar el lienzo por el que discurre la vida misma, con sus dichas y sus miserias. Mientras, las paradojas y las sorpresas van construyendo los relatos e involucrando al lector en una obra en la que los objetos, las frases y las imágenes caminan de relato en relato, creando una senda que seguir, dando lugar a un itinerario que va de autora en autora, de micro en micro, de personaje en personaje, unificando esta construcción a ocho manos.
            Mención especial merecen, para mí, tres de las constantes del libro que más me han gustado: el léxico asociado al mundo de la costura (que, en asociaciones inesperadas, sorprendentes y maravillosas, sirve hasta para construir y destruir edificios, trenes, vías y personas), la exploración del terreno de la infancia y, ligado a él, la deconstrucción de cuentos tradicionales, imaginando situaciones diferentes (chocantes, paradójicas, alternativas, deliciosas) para las historias o personajes de los que hemos oído hablar toda la vida.
            Este diálogo interliterario no se produce solo con los cuentos tradicionales. Como he dicho al principio de la reseña, al hilo del origen de la obra, las referencias, influencias y transgresiones se establecen con prácticamente toda la historia de la literatura, especialmente, con los autores y cuentistas latinoamericanos. Esa influencia latinoamericana, ese tipo de realismo (mágico, extraño, diferente) o de surrealismo, esa manera de contar, esa dulzura que hiere o esa verdad escupida a la cara que te hace temblar el corazón están muy presentes en todos los microrrelatos de La Aldea de F. Como explica Clara Obligado (coordinadora de la obra y, a la sazón, fundadora del grupo, por cuanto fue ella quien presentó a las cuatro integrantes de Las Microlocas), se trata de un homenaje, sí, pero también de un entrecruzamiento, de una asimilación: somos lo que leemos y escribimos lo que somos. “No hay otra manera de leer que no sea a través de los autores que veneramos, ni otra manera de escribir que no sea vampirizándolos”, explica Obligado, en una cita que me parece que explica a la perfección las influencias de la obra y que es tan certera como maravillosa.
            También habla Obligado en la nota final del libro del proceso de creación de los microrrelatos, de la variedad de voces que se acaban unificando, de la coherencia dentro de la diferencia, de los estilos personales de cada una de las autoras que se van contagiando de unas a otras como un extraordinario virus de creatividad y encanto.
            Los micros de Las Microlocas son como las pipas: empiezas y no puedes parar. Son pequeños, ágiles, se leen tan bien, que cuando quieres darte cuenta ya formas parte de los habitantes de F. y cuando más estás disfrutando con las travesuras de los niños, llega la última página. Me han gustado y emocionado tanto tanto tanto que, desde aquí, quiero responder a las palabras que las autoras dedican al lector al final de la obra: volveré, seguro. Volveré a tomar el tren que me lleve a la Aldea de F. porque creo que se convertirá en mi lugar de vacaciones, mi lugar de recreo, mi lugar de reflexión. Ese rincón del universo en el que te sientas, con todo el tiempo del mundo por delante, a observar, a mirar, a pensar, a conocer, a sentir y a disfrutar. Y, por supuesto, recomiendo esta obra que se lee en unas horas a todo el que quiera pasar un rato con nosotros, los habitantes de F. Viajando de lector en lector, de estación en estación, quizá su tren también descarrile en nuestra aldea, en la que todos son bienvenidos, en la que la vida gira alrededor de un tren sin destino, en la que todo pasa porque alguien se salió del camino marcado.
   Nos seguimos leyendo.


Lidia Casado



Encuentro con Las Microlocas y Espido Freire en Alcalá: las dos caras de la literatura






   Me quedé prendadas de ellas en las Jornadas sobre Literatura y Mujer de la UNED (tal y como conté aquí) y cuando vi que venían a los Encuentros Literarios que se están celebrando en Alcalá de Henares en abril no lo dudé: compré La aldea de F. en Amazon por menos de dos euros (de momento, es el único modo de hacerse con el libro en España, porque está editado en papel, pero en la Universidad Nacional Autónoma de México), lo devoré y acudí a la cita con estas Microlocas que me tienen robado el corazón. 

    La misma expectación que sentí yo ante el cartel (el encuentro estaba centrado en el microrrelato y contaba con la participación, además del director de estas citas literarias, Fernando Marías, de Las Microlocas y de la gran Espido Freire) debió de sentir medio Alcalá porque tuve que echar mano de mi carnet de prensa para entrar y, al final, tuvieron que sumar bastantes más sillas al aforo previsto porque acudió mucha más gente de la que, en principio, habían calculado.
   Y el espectáculo (porque fue un auténtico espectáculo) no defraudó a nadie.


   El encuentro comenzó con las cuatro Microlocas (Isabel Wageman, Eva Díaz Riobello, Isabel González y Teresa Serván) en la mesa, Espido Freire en el público y Fernando Marías sentado en un taburete alto en medio del auditorio. Como buen maestro de ceremonias, presentó a las escritoras e inició el coloquio preguntando a las Microlocas sobre su pasión por el microrrelato, un género muy agradecido que,  como dijo el director de los encuentros “crea una historia de novela pero contada en forma muy breve y que también puede leerse como poesía”. Isabel Wageman echó mano de dos grandes del género (Luisa Valenzuela y Ana María Shua) para justificar su preferencia por este tipo de relato que, como explicó, están hechos para leer y no tanto para contar. Por su parte, Eva Díaz Riobello narró la divertida historia de cómo llegó al microrrelato: escribe desde muy joven y cuando vio un concurso de microrrelatos organizado por una compañía de té no se lo pensó dos veces y empezó a enviar relatos. Los ganadores, explicaba, ganaban, por supuesto, té pero también juegos de té, de tal manera que ha llenado las casas de su familia de preciosos juegos de té que, por cierto, no usan, porque no son muy amantes de esta infusión. “Yo, en vez de premios literarios, tengo juegos de té”, concluía con mucho humor la escritora. 

   El primer microrrelato de Isabel González nació con su hijo. “Con el primer hijo no te queda tiempo para nada, ni siquiera para leer, y los microrrelatos fueron mi salvación: podía leer historias completas en muy poco tiempo”, aseguró, al tiempo que vinculaba microrrelato y vida al señalar que “los micros son pedazos de vida que arrancamos para darle un sentido diferente a lo cotidiano”. En este sentido, relacionó este tipo de relato hiperbreve con textos tan del día a día y, a la vez, tan tradicionales, como los chistes, los refranes e, incluso, los piropos.
    Finalmente, Teresa Serván contó cómo logró unir dos de sus grandes sueños a través del microrrelato: “siempre he querido escribir y siempre he querido tener un huerto. Y yo sí tuve un texto de los que te dan una sacudida, un texto-revelación: Terapia, de José María Merino, en el que habla, precisamente, de un huerto. Yo he escrito desde adolescente y he participado en talleres de escritura creativa y para mí fue una inspiración. Descubrí que el micro te permite abrir un pequeño pliegue y, a partir de ahí, contar un detalle, una historia, una vida entera. Y desde entonces, cosecho microrrelatos: los riego, los cuido y, sobre todo, los podo”.

   Tras estas explicaciones, Fernando Marías hizo la pregunta de todas las preguntas: cómo llegaron a conocerse y cómo surgió la idea del libro. Y ahí apareció la figura de Clara Obligado, que las conocía a todas por separado, insistió hasta que se conocieron, las bautizó como microlocas y puso en marcha el proyecto del libro en una reunión en la que las ideas brotaban al mismo ritmo que caían las copas. El resultado, un fabuloso conjunto de microrrelatos que se pueden leer de muy diversas maneras: individualmente, como hojas de un mismo árbol (de hecho, Marías alabó la coherencia del conjunto, a pesar de estar escrito a ocho manos, y, por supuesto, su calidad) o como hijos de una sola escritora (esto último, en el caso de la edición de Amazon que yo he manejado: hay un link en cada cuento que te permite leer los micros no por el orden establecido por las autoras y la editora, sino agrupados por autoras). Es, pues, en el fondo, un libro-juego, que permite varias lecturas, con diferentes resultados y significados, y que invita a múltiples relecturas, porque los relatos son tan breves y tan impactantes que creo que es difícil cansarse de ellos y que siempre puedes descubrir algo nuevo escarbando entre sus palabras.

Isabel Wageman, de pie, guiando al auditorio por la aldea de F. Sentadas
 (de izda. a dcha.: Eva Díaz Riobello, Isabel González y Teresa Serván)

   Y una vez que el director y las autoras pusieron al auditorio en antecedentes, comenzó lo bueno: las Microlocas nos llevaron a su mundo y pudimos vivir en la Aldea de F., conocer a sus habitantes, incluso, ser parte de ellos. Una fantástica Isabel Wageman fue creando el clima y el hilo conductor del acto, las vías del tren por el que circulaba el tren que descarrilló en medio del desierto y a partir del que surgió la aldea, en ninguna parte, en todas las partes, en el Antiguo Hospital Santa María la Rica de Alcalá de Henares. Los micros leídos por las autoras fueron construyendo las casas, creando costumbres, presentando a los habitantes de la aldea, enterrando a los muertos, jugando con los niños, enamorando a los jóvenes... en definitiva, manteniendo con vida a la comunidad creada dentro y fuera del libro. 

   Tras una fabulosa puesta en escena que el auditorio acogió con aplausos, risas y expresiones de sorpresa, las Microlocas se sentaron y llegó el turno de Espido Freire. “¿Qué puedo hacer yo con ustedes después de un orgasmo? No puedo ofrecerles nada mejor”, comenzó, aludiendo al último de los micros contado (magistralmente, por cierto) por Isabel Wageman. Así que empezó a hacer lo único que podía hacer: hablar de cómo crea ella, de cómo construye historias utilizando la materia prima que le proporcionan sus propias obsesiones. Aludió a la (buenísima) costumbre de su padre para no implantar una voz adulta en su mente de niña curiosa: en vez de que él le contara cuentos a ella, le pedía que fuera ella quien se inventara los cuentos para él. Y comenzó a leer algunos de sus micros y a ir metiendo al público en la poética de Espido Freire.

   Pero, de repente, todo cambio. Espido Freire calló y cambió el tono. “Esto no es lo que me apetece hacer”, dijo. Y el auditorio no supo cómo reaccionar: Marías ya nos había advertido de que la autora suele hacer lo que quiere, salirse del guión, improvisar, saltarse lo convenido. Y quedamos expectantes, esperando sus siguientes palabras. “Siento constantemente el peso de las historias no contadas sobre mí, el peso de las historias que oímos en las carnicerías, en las pescaderías, en la calle, en las noticias cada día”. Y así comenzó una conmovedora disertación, llena de pasión y apelaciones directas a cada uno de los asistentes, sobre la actual situación económica y sobre el papel de la literatura frente a ella: “Pasó el tiempo de la diversión”, dijo, explicando que la literatura debe comprometerse para buscar una salida.


   Y comenzó a entretejer cuentos y realidad para hablarnos de los lobos feroces que nos acosan, de esa Blancanieves que ha de soportar a una madrastra centrada en sí misma, que muere y que resucita cuando alguien le dice: “Despierta, estás viva”; de la astucia de Cenicienta o del diminuto Pulgarcito, que supo encontrar el camino de vuelta a casa. “Los cuentos tienen que ver con mirarnos al espejo”, aseguró. “Dentro del laberinto está el monstruo y antes de entrar en él tenemos qué saber quién es el monstruo y quiénes somos nosotros”, dijo, conminando al auditorio a que actuase, a que no callase, a que venciese a la censura que nos han impuesto y despertase del veneno hipnótico y anestésico que nos han inoculado para decir qué hacer y cómo salir de esta. “Los cuentos tienen que ver con las lecciones vitales, la literatura es una lección. La literatura es para siempre, pero los momentos también lo son”, sentenció.

  Y así finalizó un encuentro agridulce, caliente y frío, de risas y de concienciación, de contrastes, que mostró las dos caras o las dos funciones de la literatura (evasión y compromiso), tras el que me fui a casa con sentimientos encontrados pero con una cosa clara: ¡qué grande es la literatura y qué grandes son quienes la construyen con sus manos y sus ideas!
   Nos seguimos leyendo.

Lidia Casado

Related Posts with Thumbnails