Me quedé prendadas de ellas en las Jornadas sobre Literatura y
Mujer de la UNED (tal y como conté aquí) y cuando
vi que venían a los Encuentros Literarios que se están celebrando en Alcalá de
Henares en abril no lo dudé: compré La
aldea de F. en Amazon por menos de dos euros (de momento, es el único modo
de hacerse con el libro en España, porque está editado en papel, pero en la Universidad
Nacional Autónoma de México), lo devoré y acudí a la cita con estas Microlocas que me
tienen robado el corazón.
La misma expectación que sentí yo ante el cartel (el
encuentro estaba centrado en el microrrelato y contaba con la participación,
además del director de estas citas literarias, Fernando Marías, de Las
Microlocas y de la gran Espido Freire) debió de
sentir medio Alcalá porque tuve que echar mano de mi carnet de prensa para
entrar y, al final, tuvieron que sumar bastantes más sillas al aforo previsto
porque acudió mucha más gente de la que, en principio, habían calculado.
Y el espectáculo (porque fue un auténtico espectáculo) no
defraudó a nadie.
El encuentro comenzó con las cuatro Microlocas (Isabel
Wageman, Eva Díaz Riobello, Isabel González y Teresa Serván) en la mesa, Espido
Freire en el público y Fernando Marías sentado en un taburete alto en
medio del auditorio. Como buen maestro de ceremonias, presentó a las escritoras
e inició el coloquio preguntando a las Microlocas sobre su pasión por el
microrrelato, un género muy agradecido que, como dijo el director de los
encuentros “crea una historia de novela pero
contada en forma muy breve y que también puede leerse como poesía”.
Isabel Wageman echó mano de dos grandes del género (Luisa Valenzuela y
Ana María Shua) para justificar su preferencia por este tipo de relato que,
como explicó, están hechos para leer y no tanto para contar. Por su parte, Eva
Díaz Riobello narró la divertida historia de cómo llegó al microrrelato:
escribe desde muy joven y cuando vio un concurso de microrrelatos organizado
por una compañía de té no se lo pensó dos veces y empezó a enviar relatos. Los
ganadores, explicaba, ganaban, por supuesto, té pero también juegos de té, de
tal manera que ha llenado las casas de su familia de preciosos juegos de té
que, por cierto, no usan, porque no son muy amantes de esta infusión. “Yo, en vez de premios literarios, tengo juegos de té”,
concluía con mucho humor la escritora.
El primer microrrelato de Isabel González nació con su
hijo. “Con el primer hijo no te queda tiempo
para nada, ni siquiera para leer, y los microrrelatos fueron mi salvación:
podía leer historias completas en muy poco tiempo”, aseguró, al
tiempo que vinculaba microrrelato y vida al señalar que “los micros son pedazos de vida que arrancamos para darle
un sentido diferente a lo cotidiano”. En este sentido, relacionó
este tipo de relato hiperbreve con textos tan del día a día y, a la vez, tan
tradicionales, como los chistes, los refranes e, incluso, los piropos.
Finalmente, Teresa Serván contó cómo logró unir
dos de sus grandes sueños a través del microrrelato: “siempre he querido escribir y siempre he querido tener
un huerto. Y yo sí tuve un texto de los que te dan una sacudida, un
texto-revelación: Terapia, de José María Merino, en el que habla, precisamente, de un huerto. Yo he escrito desde
adolescente y he participado en talleres de escritura creativa y para mí fue
una inspiración. Descubrí que el micro te permite abrir un pequeño pliegue y, a
partir de ahí, contar un detalle, una historia, una vida entera. Y desde
entonces, cosecho microrrelatos: los riego, los cuido y, sobre todo, los podo”.
Tras estas explicaciones, Fernando Marías hizo la pregunta de
todas las preguntas: cómo llegaron a conocerse y cómo surgió la idea del libro.
Y ahí apareció la figura de Clara Obligado, que las
conocía a todas por separado, insistió hasta que se conocieron, las bautizó
como microlocas y puso en marcha el proyecto del libro en una reunión en la que
las ideas brotaban al mismo ritmo que caían las copas. El resultado, un
fabuloso conjunto de microrrelatos que se pueden leer de muy diversas maneras:
individualmente, como hojas de un mismo árbol (de hecho, Marías alabó la
coherencia del conjunto, a pesar de estar escrito a ocho manos, y, por
supuesto, su calidad) o como hijos de una sola escritora (esto último, en el
caso de la edición de Amazon que yo he manejado: hay un link en cada cuento que
te permite leer los micros no por el orden establecido por las autoras y la
editora, sino agrupados por autoras). Es, pues, en el fondo, un libro-juego,
que permite varias lecturas, con diferentes resultados y significados, y que
invita a múltiples relecturas, porque los relatos son tan breves y tan
impactantes que creo que es difícil cansarse de ellos y que siempre puedes
descubrir algo nuevo escarbando entre sus palabras.
|
Isabel Wageman, de pie, guiando al
auditorio por la aldea de F. Sentadas
(de izda. a dcha.: Eva Díaz Riobello,
Isabel González y Teresa Serván)
|
Y una vez que el director y las autoras pusieron al auditorio
en antecedentes, comenzó lo bueno: las Microlocas nos llevaron a su
mundo y pudimos vivir en la Aldea de F., conocer a sus habitantes, incluso, ser
parte de ellos. Una fantástica Isabel Wageman fue creando el clima y el hilo
conductor del acto, las vías del tren por el que circulaba el tren que
descarrilló en medio del desierto y a partir del que surgió la aldea, en
ninguna parte, en todas las partes, en el Antiguo Hospital Santa María la Rica
de Alcalá de Henares. Los micros leídos por las autoras fueron construyendo las
casas, creando costumbres, presentando a los habitantes de la aldea, enterrando
a los muertos, jugando con los niños, enamorando a los jóvenes... en
definitiva, manteniendo con vida a la comunidad creada dentro y fuera del
libro.
Tras una fabulosa puesta en escena que el auditorio acogió con
aplausos, risas y expresiones de sorpresa, las Microlocas se sentaron y llegó
el turno de Espido Freire. “¿Qué puedo
hacer yo con ustedes después de un orgasmo? No puedo ofrecerles nada mejor”,
comenzó, aludiendo al último de los micros contado (magistralmente, por cierto)
por Isabel Wageman. Así que empezó a hacer lo único que podía hacer: hablar de
cómo crea ella, de cómo construye historias utilizando la materia prima que le
proporcionan sus propias obsesiones. Aludió a la (buenísima) costumbre de su
padre para no implantar una voz adulta en su mente de niña curiosa: en vez de
que él le contara cuentos a ella, le pedía que fuera ella quien se inventara
los cuentos para él. Y comenzó a leer algunos de sus micros y a ir metiendo al
público en la poética de Espido Freire.
Pero, de repente, todo cambio. Espido Freire calló y cambió el
tono. “Esto no es lo que me apetece hacer”,
dijo. Y el auditorio no supo cómo reaccionar: Marías ya nos había advertido de
que la autora suele hacer lo que quiere, salirse del guión, improvisar,
saltarse lo convenido. Y quedamos expectantes, esperando sus siguientes
palabras. “Siento constantemente el peso de
las historias no contadas sobre mí, el peso de las historias que oímos en las
carnicerías, en las pescaderías, en la calle, en las noticias cada día”.
Y así comenzó una conmovedora disertación, llena de pasión y apelaciones
directas a cada uno de los asistentes, sobre la actual situación económica y
sobre el papel de la literatura frente a ella: “Pasó
el tiempo de la diversión”, dijo, explicando que la literatura
debe comprometerse para buscar una salida.
Y comenzó a entretejer cuentos y realidad para hablarnos de
los lobos feroces que nos acosan, de esa Blancanieves que ha de soportar a una
madrastra centrada en sí misma, que muere y que resucita cuando alguien le
dice: “Despierta, estás viva”; de la astucia de Cenicienta o del diminuto Pulgarcito,
que supo encontrar el camino de vuelta a casa. “Los
cuentos tienen que ver con mirarnos al espejo”, aseguró. “Dentro del laberinto está el monstruo y antes de entrar
en él tenemos qué saber quién es el monstruo y quiénes somos nosotros”,
dijo, conminando al auditorio a que actuase, a que no callase, a que venciese a
la censura que nos han impuesto y despertase del veneno hipnótico y anestésico
que nos han inoculado para decir qué hacer y cómo salir de esta. “Los cuentos tienen que ver con las lecciones vitales, la
literatura es una lección. La literatura es para siempre, pero los momentos
también lo son”, sentenció.
Y
así finalizó un encuentro agridulce, caliente y frío, de risas y de concienciación, de contrastes, que mostró las
dos caras o las dos funciones de la literatura (evasión y compromiso), tras el
que me fui a casa con sentimientos encontrados pero con una cosa clara: ¡qué
grande es la literatura y qué grandes son quienes la construyen con sus manos y
sus ideas!
Nos seguimos leyendo.
Lidia Casado


No hay comentarios:
Publicar un comentario