miércoles, 17 de abril de 2013

CRÓNICA DEL ENCUENTRO LITERARIO CON LORENZO SILVA POR LIDIA CASADO


Silva: “Ser escritor me ha hecho creer en los Reyes Magos”
 

Abril es, en Alcalá de Henares, un mes especial. Es el mes de las letras, el mes de los libros, el mes de Cervantes (con permiso de octubre, cuando se celebra por todo lo alto el nacimiento del escritor), el mes en el que se entrega el Premio Cervantes. Por eso, son muchas las actividades que se organizan para rendir tributo a la cultura en general y a la literatura en particular. Entre ellas está los Encuentros Literarios que este año cumplen ya su quinta edición. Dirigidos por Fernando Marías, reúnen a escritores de renombre y lectores para hablar sobre lo que comparten: las historias, los libros, la literatura.

Este no podía comenzar mejor: estas mesas literarias se abrían el pasado 3 de abril con un escritor que no necesita presentación: Lorenzo Silva. Ganador del Premio Planeta de este año, conversó con el director del encuentro (y amigo desde hace más de una década, según comentaron durante la charla) sobre numerosas cuestiones, unas más literarias, otras más personales, pero todas interesantísimas.

Tan interesantes y atractivas para el lector de Silva y, en concreto, para los amantes de la saga protagonizada por Bevilacqua y Chamorro como de dónde salió el nombre del personaje principal. Antes de desvelar el misterio, Silva reveló que escribió la primera entrega (El lejano país de los estanques) con la idea ya en la cabeza de que fuera una serie, de que no se quedara en una única novela. Como puntualizó Fernando Marías recordando una conversación que tuvo con Silva cuando ideaba la saga, lo que pretendía era “crear un personaje que fuera creciendo y una serie en la que también quedara reflejada la evolución de España a través de los años”. Y así fue. Sólo que los comienzos, como casi siempre, no fueron nada fáciles y varias editoriales rechazaron la novela de Silva. Hoy, viendo lo buena que es la saga, la cantidad de premios que han ido ganando sus novelas (el Ojo Crítico, el Nadal o el Planeta), lo que cautiva Bevilacqua y los millones de lectores que ha ido consiguiendo, parece una locura que alguien pudiera decir que no a Vila. Pero así fue. Y, según explicó Silva, precisamente una de las causas que le dieron para negarse a publicarla fue el nombre del protagonista. Era demasiado raro. Pero eso ya lo sabía el creador. De hecho había buscado conscientemente un nombre extraño:

“Yo quería escribir una novela policíaca pero quería lanzar un misil directo a la línea de flotación de lo que había sido la novela negra hasta el momento, quería bombardear sus estereotipos y lugares comunes. Así que busqué un nombre raro, que descolocara. Me costó encontrarlo. A posteriori me han preguntado muchas veces si era un homenaje literario a un autor italiano llamado así, pero no lo es, porque no lo conocía hasta después de crear a Vila. La verdad es que estaba buscando ese nombre diferente y, una tarde de verano, de esas tarde aburridas, en el sofá, mientras veía un campeonato de atletismo, lo vi: Antonella Bevilacqua. Era el de una de las atletas que competía (atleta a la que luego he seguido, pero que nunca ha conseguido ganar ninguna medalla) y lo vi claro: era eufónico, era raro, pensé que nadie iba a saber pronunciarlo ni escribirlo, que nadie se iba a acordar… Era el nombre que buscaba”.

De hecho, el nombre de Bevilacqua sigue dando juego dentro y fuera de la novela, convirtiéndose en el mejor marchamo de la saga, en la marca de calidad de la serie. Una serie que, por cierto, también fue rechazada porque decían que la novela negra no se leía (o no se vendía) mucho en España. Quizá lo que ocurría es que los lectores necesitábamos novelas policíacas de calidad, interesantes, atractivas y capaces de despertar nuestro interés. Como ocurrió.

También levantaba ciertas reticencias el hecho de que los protagonistas fueran guardias civiles, explicaba Silva, quien también mencionó algunos de los aspectos más positivos que le ofrece trabajar una saga: “el lector y el autor saben quién es el protagonista, por lo que no hace falta inventar o caracterizar uno nuevo en cada novela, solo tienes que contar en qué sentido se transforma con cada historia, aunque siempre manteniendo una coherencia respecto a lo que es desde el principio”.

Una de las preguntas que más suele hacerse el lector cuando lee una novela es qué hay del autor en ella, qué cuota de la personalidad del escritor ha quedado adherida al personaje, qué comparten o qué los diferencia. Para Silva, la respuesta es clara (y tan adecuada y maravillosa como poética):

“Los novelistas nos deshacemos en todos nuestros personajes. La carne de todos mis personajes está hecha con jirones de mi propia carne, se alimentan de mi experiencia. A ellos les doy todo, no me guardo nada”.

Esto hace que la relación entre personaje y autor sea extraña, continuó explicando Silva: “Bevilacqua me ha aportado tanto a mí como yo le he aportado a él”, confesó. Espoleado por Marías, el premio Planeta empezó a comparar, señalando diferencias y similitudes:

“A diferencia de otros investigadores, Bevilacqua se mueve en un territorio amplio, viaja por toda España, y yo también he recorrido todo el país en mis diferentes trabajos. Ambos compartimos el no ser dogmáticos, que es una de las características que más valoro de mi personaje. Me enferma de mi país la cantidad de gente dogmática que hay. Ni yo ni mi personaje podemos ser eso”.

“Ambos coincidís también ser muy racionales”, apuntó Marías. “Tenéis una capacidad de analizar que a mí me deja sorprendido. Seguro que eres capaz de definir cómo es una persona solo con ver cómo va vestida”, lanzó el director del encuentro, lo que digo lugar a una divertida comparación entre los modos de vestir de los dos escritores.

A pesar de todo ello, “Bevilacqua tiene un punto de vista radicalmente diferente al mío, somos antitéticos en un aspecto: él es un funcionario público, que pertenece a una institución con disciplina militar, mientras que yo he sido siempre independiente, no me someto a una disciplina por elección ni pertenezco a ninguna institución”, señalaba Silva, quien contó al auditorio que él, hijo y nieto de militares, estaba llamado a convertirse en lo mismo, pero que prefirió elegir no seguir la tradición familiar, de un modo plenamente consciente. Y añadió: “Bevilacqua asume el coste de aceptar ser parte de un sistema que sabe que no funciona bien”.


En cuanto a lo que el personaje había aportado al escritor como persona, Silva señaló que “Bevilacqua me ha hecho ser especialmente observador. He pasado muchas horas con él intentado ver el mundo como lo ve un investigador de homicidios. He conversado con muchos investigadores que me han enseñado cómo ven ellos a las personas y cómo las calibran. Pensad que tienen que aprender a vivir en ese espacio en que verdad y mentira se entremezclan y a ellos les pagan por apostar por uno, por dilucidar quién miente y quién no. Sus conversaciones y la creación del personaje han ido transformando mi forma de ver la realidad. Ellos buscan, leen e interpretan la información, es su modo de enfrentarse a la realidad. Gracias a ellos me he vuelto más observador y me han contagiado la preocupación por ese dilema entre la verdad y la mentira, entre la realidad y la interpretación. En este sentido, también mi experiencia como abogado me ha valido para intentar reconstruir una realidad que no es reconstruible al cien por cien, desde el momento en que hay que levantarla a través de testimonios, pruebas y proyecciones sobre lo que pudo ocurrir”.

Del otro cincuenta por ciento de la saga, de Virginia Chamorro, hubo tiempo para hablar cuando Marías le preguntó a Silva si compartía con él la experiencia de que le acusen de no crear personajes femeninos. Marías explicó que a él le cuesta como escritor meterse en la piel de una mujer y que por eso sus personajes principales eran hombres. Pero Silva recordó que tiene cuatro novelas en las que la protagonista y narradora es una mujer y señaló que, ahora mismo, a estas alturas de la saga, “Chamorro es más importante para el desarrollo de la historia que Bevilacqua, que se ha vuelto un poco cascarrabias. Quienes hayan leído La marca del meridiano habrán visto que hay un momento en el que Vila se sale de la investigación y es Virginia la que carga con el peso de sacarla adelante”.

De igual modo, Silva trajo hasta el auditorio la referencia a Rosana, la joven protagonista de La flaqueza del bolchevique, un personaje “que muchas veces se ha estudiado en comparación con la Lolita de Nabokov pero que, para mí, son totalmente distintas, de hecho son opuestas y su papel en la novela es totalmente diferente: Lolita es un personaje, en realidad, accesorio, todo el peso de la novela recae en Humbert Humbert, es su mente, sus obsesiones, sus pensamientos lo que se va transmitiendo al lector. Y en mi novela, el personaje masculino es sólo una voz, la novela se sostiene por la chica. Rosana tiene entidad propia, no es una palurda, es una persona que, con 15 años, tiene la capacidad de pensar sobre sí misma y su entorno, lo que también le da un punto de oscuridad. La novela se plantea como un enfrentamiento dialéctico entre los dos, un enfrentamiento en el que él sucumbe, dialécticamente”.

El debate sobre los personajes condujo la conversación a otras novelas del autor. Así, y enlazando con lo que había adelantado sobre su elección consciente de no seguir la carrera militar, Silva contó pasajes de la vida personal de su abuelo y de su padre y los enlazó con el análisis de personajes como los de El nombre de los nuestros, Carta blanca y Niños feroces. En todos ellos se habla de historias duras relacionadas con la participación en diferentes enfrentamientos bélicos y, al final, la impresión que quedó entre el auditorio fue que con tales personajes y tales novelas Silva intenta profundizar o dar respuesta a una de sus obsesiones respeto a la vida militar: “mi fascinación por lo militar es una fascinación por la experiencia límite y por la voluntariedad para vivir esa experiencia límite”, explicó Silva. Al final, la impresión que me produjo toda la charla sobre novelas y vivencias reales es que Silva es incapaz de comprender cómo alguien es capaz de ofrecerse voluntario para luchar o para morir, en una guerra, por cualquier razón, y que trata de investigar en esas razones o en esas personalidades o en la disciplina militar o en los contextos en los que esas decisiones se producen para intentar comprenderlas.

Dicen que escribir es desnudarse  y quizá hablar de lo que uno escribe también acabe siéndolo, porque creo que Silva contó mucho de sí mismo a través de sus personajes, de su modo de trabajar, de su manera de enfrentarse a una novela, de los asuntos literarios que le preocupan, de las tramas que urde en la ficción para dar respuestas a preguntas que él se hace en su realidad. Un desabrigo literario de una persona que, por lo demás, es muy celosa de su intimidad y su vida al margen de la escritura. Así lo demostró, por ejemplo, cuando Fernando Marías le preguntó por su actividad en las redes sociales. “No soy un convencido de las redes sociales”, señaló Silva. “Creo que son herramientas tecnológicas fallidas: prestan una serie de utilidades a un coste desmesurado para el usuario. La tecnología no siempre avanza y creo que las redes sociales lo demuestran. Soy activo, pero muy reticente”, explicaba el escritor, añadiendo que solo las utiliza para cuestiones profesionales y que en ellas no encontraremos ningún tema personal. Parte de las razones de esta desconfianza está en las condiciones legales, por ejemplo, que se permiten en España, mucho más abusivas para el usuario que, según citó, las de Alemania, por hacer referencia a un caso concreto. “Las redes sociales están concebidas para utilizar al usuario, no para que el usuario las utilice”, sentenció.

Haciendo balance de sus 16 años de amistad, Marías preguntó a Silva dónde se veía dentro de otros 16, a lo que el premio Planeta contestó que “el desafío es seguir siendo leales a lo que somos”. “A mí lo que me gusta es contar historias”, confesó. “Y se escritor me ha hecho creer en los Reyes Magos”. Ante la estupefacción del auditorio y del propio Marías, Silva contó un hermoso capítulo de su propia vida:

“Siempre he querido ser escritor y a los 13 años incluso se lo pedí a los Reyes en una de mis cartas: ‘Queridos Reyes Magos: me gustaría ser escritor’. Sólo que, por aquel entonces, yo pensaba que ser escritor consistía en quedarse parado mucho rato, apretar los puños contra la frente, estar en silencio y pensar y pensar y pensar hasta que se te ocurriera una buena historia. Sufrí mucho intentado encontrarlas por esa vía hasta que descubrí una alternativa: asomarse a la ventana. Fuera es donde pasan las historias, fuera pasan cosas que te dicen algo y que, encima, son verdad. La realidad es la gasolina del automóvil del escritor, siempre que se profundice en ella. El mundo es muy poliédrico y en sus paradojas y contradicciones están las historias. Todo es interesante y todo tiene una historia. Si profundizas y reflexionas, si no sabes y preguntas a la gente, si consultas y escuchas, encuentras las historias. Nada me ha enseñado más que hablar con la gente. Donde quiera que tú excaves en la realidad, allí encuentras una historia. Y esa historia está trabada, tiene sentido… y además, es verdad”.

No se puede poner mejor broche a la crónica de este encuentro con un gran autor que se hace aún más grande en las distancias cortas.








Lidia Casado

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