miércoles, 6 de noviembre de 2013

ENTREVISTA A CECILIA SAMARTIN, AUTORA DE “EL DON DE ANA”



“Quiero que mis novelas sean una experiencia emocional para el lector”


Con La abuela Lola, Cecilia Samartin ya se ganó el corazón de muchos lectores y con El don de Ana seguro que repetirá ese proceso de conquista. Y es que es difícil resistirse a los encantos y a la fuerza de la protagonista de su nueva novela. Casi tan difícil como no dejarse llevar por el universo y los sentimientos que la autora crea en quien se acerca a sus páginas con el alma abierta.


Permítame decirle que me he sentido engañada por el título de su novela: usted habla del don de Ana pero, en realidad, Ana tiene muchísimas cualidades, está adornada por un buen puñado de dones. Ya quisiéramos algunos tener tantos…

Gracias, gracias. Me habías asustado.

Creo, además, que es fácil que cada lector identifique diferentes dones en Ana, dependiendo de lo que anhele o lo que sienta cercano a él. Pero creo que Ana es, por encima de todo, la luz, la esperanza y el pegamento capaz de unir los pedazos de cualquiera y varios cualquiera entre sí… ¿Cómo surgió este personaje?

Yo conocí a una señora, hace unos años, cuando estaba trabajando como terapeuta. Yo trabajaba en Los Ángeles pero había muchos inmigrantes de El Salvador que vinieron por la guerra civil que sufrieron. Varias de las personas a las que conocí pasaron por una tragedia parecida a la de Ana pero una persona sobre todo (que no se llamaba Ana, se llamaba María, pero yo le puse Ana) me impactó porque a pesar de haber sufrido una cosa tan horrible tenía una personalidad tan integrada, era una persona con una fortaleza interna, espiritual… quería ayudar a los demás. Yo me puse a pensar:¿cómo es posible que alguien que pasó por aquello, hace años, sea esta misma persona, cuando yo conozco a otra gente que está por completo aplastada? Otra muchacha que yo conocí, que había pasado por una situación parecida, era casi esquizofrénica, no podía funcionar en la vida de una manera normal. Sin embargo, la persona que me inspiró a Ana, como el propio personaje, sí lo consiguió. Era “superwoman”, se podría decir. Ella, de alguna manera, pudo transformar esa tragedia, ese dolor, ese sufrimiento tan grande en una fortaleza única. Y eso siempre me fascinó. Yo quería escribir algo para tratar de entender quién es esta persona. El cuento de ella no es exactamente el cuento de El don de Ana pero la personalidad de ella es la personalidad de Ana.

El pasado de Ana no es el único pasado dramático que hay en la novela. De hecho, todos los personajes tienen su propia mochila llena de piedras que lastra su presente. En el fondo, en la novela hay una apuesta por tirar esas piedras y dedicarse a vivir en vez de dejarse consumir lamentando lo perdido o lo ocurrido. Una lección que todos deberíamos aprender, ¿no?

Yo creo que algunas veces nos sorprendemos porque vemos a gente que tiene tanta fortaleza y cuando realmente cuentan o tomamos el tiempo para escucharles, algunas veces, muchas veces, hay un sufrimiento muy fuerte que han tenido que padecer. Y el proceso de superación es lo que les hace tan especiales: saben cómo sufrir pero saben cómo salir y ayudar a los demás. Eso les enfoca la vida de manera especial.

En la sinopsis, que no es una sinopsis al uso, se nos vende esta historia como una novela cargada de sentimientos y es verdad que así es… pero más que los sentimientos que usted recrea y que nos cuenta, a mí me interesan los sentimientos que usted ha conseguido que nazcan en mí mientras leía la novela. Muchas veces he tenido la sensación, no de que leía sentimientos, sino de que esos sentimientos surgían en mí. ¿Cómo lo ha hecho?

Bueno… es que yo soy una persona así, soy una persona muy sentimental, siento las cosas de forma muy profunda. Por eso me decidí a ser psicoterapeuta, porque a mí me gusta hablar y que la gente me cuente lo que siente y ayudarles, aunque en realidad nos ayudamos mutuamente, es una carretera de doble dirección. Yo quiero que eso sea parte de la experiencia que escribo. Quiero que mis novelas sean una experiencia emocional, que sea emocionante para el lector, que ellos puedan reflejar luego esos sentimientos en su propia vida, no solo sobre la vida de los personajes; quiero que también piensen cómo son ellos y cómo pueden mejorar en su relación con los demás. 

Sí, porque al final la novela es un canto al sentimiento más puro y más bello del ser humano, el amor, pero entendido como cariño, como amistad, como cuidado, como protección, por supuesto, como enamoramiento y como deseo sexual, pero también ese amor que no pide nada a cambio. ¿Por qué no somos más como Ana, por qué cree usted que le ponemos tantas veces freno al amor?

Porque tenemos miedo. Yo creo que todos tenemos miedo a entregarnos, a dejarnos llevar por el amor. Pienso que es lo que deberíamos hacer, lo que tenemos que aprender a hacer pero no lo hacemos. Siempre hay dolor y tenemos miedo por si podemos sentirnos humillados o rechazados o no nos van a entender. Pero es un riesgo que tenemos que tomar. Como Ana sufrió una cosa tan horrible, ella sabe que esa es la única manera de vivir, que uno tiene que entregarse al amor y a los demás. Y esa es la manera de que uno viva una vida completa, la única manera. Pero es difícil hacerlo hoy en día. Hoy el mundo nos dice que tenemos que mirar por nosotros, que tenemos que tener ambición y nos olvidamos. Yo también me olvido. Parte de mis motivos para querer escribir este libro es recordarme todo esto a mí misma.

Me ha interesado de manera especial esa falta de amor que existe en la familia Trellis. Quizá no tanto falta de amor como falta de demostrarlo, de llevarlo a la práctica, de comprometerse, de responsabilizarse de lo que supone formar una familia. Dice Ana en un momento de la novela que en la casa de la familia Trellis nadie prestaba mucha atención y es verdad: usted retrata a un puñado de seres humanos que viven juntos pero que, en realidad, no conviven… ¿algo demasiado frecuente fuera y dentro de la ficción?

Sí, es demasiado frecuente. Yo creo que es uno de los problemas de las sociedades modernas: vivimos juntos pero vivimos muy solos, no nos tomamos el tiempo necesario para conocernos, para tener una conversación, para escucharnos. Todo eso requiere tiempo. Ana dedica tiempo a los niños, los conoce y por eso puede decirles lo que necesitan escuchar, como cuando le dice a Jessie que es bella. Hoy en día tenemos muy poco tiempo para dedicar a los demás. O lo tenemos pero no es una prioridad.

Usted pone el foco de la mirada literaria sobre esas familias que delegan la crianza de los hijos en otros: en nanas, como es el caso, pero también podríamos hablar de abuelos o de los propios profesores. ¿Cree que puede tener consecuencias para el niño o que, al final, lo que importa es que el niño sea querido y protegido y no importa tanto quién lo lleve a cabo?

Yo creo que pierden los niños… y también pierden los padres. Toda la familia pierde porque no hay intimidad, no hay ese vivir la vida juntos. Tenemos que hacernos la pregunta de cómo podemos balancear nuestra vida para compaginar todo lo que tenemos que hacer y lo que queremos hacer. Pero tenemos que mantener la prioridad de estar con la familia, de conversar. Tampoco toda la tecnología que hay hoy en día nos lo pone fácil. El otro día entré en el salón, en una reunión familiar, y todos los jóvenes estaban juntos pero cada uno con su teléfono. Estaban con sus primos pero estaban platicando con amigos que estaban en otros sitios. Yo les dije: “¿pero qué es esto? Ya que están juntos, podían estar conversando y están con el teléfono”. Pero yo soy igual de culpable: salgo a comer con mi esposo y a veces nos ponemos cada uno a mirar su teléfono. Resulta que casi no tenemos tiempo de hablar y cuando podemos nos ponemos cada uno con su teléfono. Yo creo que esto se está convirtiendo en una manera más de decir “yo soy alguien, soy importante, hay alguien que tiene interés en mí y en lo que estoy diciendo”.

Mira, yo últimamente he pasado mucho tiempo en el aeropuerto y a mí me gusta mirar lo que pasa en un aeropuerto, esos dramas con los que a veces uno se encuentra. Pero ves a todo el mundo mirando su teléfono y piensas “quizá debería mirar yo también, quizá ha pasado algo”. Hay esa especie de presión que nos lleva a mirar el teléfono para ver qué nos estamos perdiendo.

Dentro de esa familia, no he podido evitar caer en las redes de Lillian, uno de los personajes que más me ha dado que pensar. Usted la presenta como una mujer hermosa, obsesionada por la imagen y la belleza, que delega el cuidado de sus hijos en Ana y que se siente decepcionada con Jessie porque ella no ha satisfecho las expectativas de belleza que esperaba de ella. ¿De dónde surge este personaje y cómo ha sido capaz de moldearlo para que, siendo como es, no despierte rechazo en el lector? Creo que me he contagiado de Ana y, a pesar de su inestabilidad emocional, de sus infidelidades, de su soberbia… he intentado comprenderla.

Lillian es como otra hija de Ana, es adulta pero su manera de ser, emocionalmente, es todavía una adolescente. Ella está muy absorbida por sí misma y tiene esa desesperación por querer crecer... Ella siente una conexión con Ana, tiene una confianza inmensa en Ana. Es un poco mamá para ella. Lillian sabe cómo ser mejor, tiene muchos conflictos y no sabe superarlos y mejorar. Yo creo que todo tenemos esos conflictos también y a veces no sabemos ser mejor persona. Lillian es frágil y es muy humana. Lo que yo pensé es que, durante la novela y a su manera, Lillian también se estaba desarrollando. Era una persona fracasada en muchos aspectos pero hacía el esfuerzo por mejorar. Y al final a mí me da la impresión de que uno sabe que va a salir del pozo en el que se encuentra, porque ella quiere también tener familia, y quiere a sus hijos y está empezando a ver la luz, poco a poco.

Lillian representa un modelo de madre que se opone radicalmente al que encarna la madre de Ana. Yo quiero ser como la madre de Ana… pero no sé cómo…

Fíjate que no es una madre cariñosa… pero es fascinante. Le ayudaba a Ana a sentir que era importante, aunque no estuviera besándola o mimándola constantemente. Le decía las cosas, hacía que creyera que merecía el tiempo que le dedicaba y le tenía mucho respeto, respetaba mucho a su hija. Yo creo que, a veces, en esos lugares, las mujeres no respetan muchos a sus hijos, sobre todo a las niñas: están ahí para ayudar, para hacer… y a veces como otro mueble. Pero la madre de Ana veía a su hija como una persona especial, una persona que merecía respeto y merecía enseñarla y Ana se quedó con esa dignidad dentro y eso la ayudó muchísimo, porque supo mantener esa dignidad que tenía dentro, a pesar de todo lo que le ocurrió.

A mí me llama mucho la atención el episodio en el que Ana dice que se va de casa para buscar a su padre y su madre, en vez de enfadarse, o de montar una escena, o de encerrarla o castigarla… le dice: “vale, vete”. No se deja llevar por el miedo, ni por el dolor de que Ana prefiera ir a buscar a un padre que no conoce en vez de quedarse con ella. Tiene la confianza suficiente en sí misma y en Ana como dejar que se vaya. Quizá porque la conoce bien…

Mi madre es así, se parece mucho a la madre de Ana. No era muy cariñosa (ahora, con la edad, se ha vuelto un poco más) pero sabía cómo tratarnos. El episodio está basado en algo que me ocurrió a mí. No sé qué pasó un día que mi hermana y yo queríamos irnos de la casa. Estábamos jugando, pero dijimos que cogíamos nuestras bicicletas y nos íbamos y no íbamos a regresar. Y mi madre nos dijo: “Ah, ok. Pásenla bien”. Así que dimos la vuelta a la manzana y regresamos. Mi madre es muy práctica, muy inteligente, no se deja llevar por la histeria.

Muy templada. Porque no es fácil dar esa respuesta. Ni es fácil no caer en la culpabilidad, esa que nos ata a muchas madres: “¿qué habré hecho yo para que mi hijo se quiera ir?”

Es que ella no estaba pensando en sí misma. Quizá estaba sintiéndolo por dentro pero no pensaba en ella sino en su hija y sabía que tenía que enfrentarse a ella de una manera distinta. 

Es igual que la templanza que muestra con la decisión de salvar la vida a su hija. Yo, hasta que no acabé la novela, no entendí esa decisión de la madre de Ana de salvarle la vida a costa de todo. Quizá sea egoísta o miedosa o sobreprotectora, no lo sé… pero solo pensar que dejo a mi hija sola en el mundo, sin familia a la que agarrarse… me plantea serias dudas sobre qué sería mejor. Yo no tengo muy claro qué decisión habría tomado.

Es que ella tenía mucha confianza en su hija y estaba segura de que tenía una vida que importaba y que iba a vivir una vida por las dos.

Hay una presencia constante de Dios y de la religión en su novela, quizá por la vocación (un poco forzada) de Ana o tal vez por su propia visión de la vida y su manera de entender la relación entre el hombre y su destino.

Lo que yo he visto, volviendo a la pregunta sobre qué es lo que ayuda a determinadas personas a salir de la tragedia, es que muchas veces es esa base espiritual, una fe muy grande que les hace ver el misterio de la vida y la muerte. Eso ayuda a muchas personas a salir adelante y a ser más fuertes de lo que serían si no tuvieran esa creencia. En el caso de Ana es así, la fe es algo que le da mucha calma, mucha seguridad, mucho enfoque. Le ayuda en momentos de sufrimiento y le da esperanzas de que la vida puede mejorar. Lo que yo he visto en algunos de mis clientes es muy parecido: muchas de las personas que han podido salir y sobrevivir, si no casi todas, son las que ha tenido una base de creencia o una fe en dios o en un misterio y eso les da una fortaleza interior increíble. Y salen adelante.

Hasta cierto punto, Adam es el contrapeso a la religiosidad de Ana y la acusa de dar consejos vacuos, de decir perogrulladas y de agarrarse a su Dios para mantener la esperanza. Él es un hombre más práctico y quizá más científico, tal vez por su padre médico. Hay, pues, en su novela una cierta confrontación entre religión y ciencia, aunque queda solamente esbozada y el tono es, en general, más cercano a la religión que a la ciencia.

Ana ayuda a Adam a abrirse a lo misterioso de la vida. Ese siempre es un camino muy personal, un camino que tiene uno que tomar. Pero hay personas que nos abren las puertas, de una manera también muy respetuosa, no diciendo “tienes que creer lo que creo yo” sino “vamos a hablar”. Lo importante es hacerse muchas preguntas en la vida y Adam se siente atraído por Ana por esto, por el alma que ella tiene. Eso le abre puertas a él también. Al final, a punto de morir, él dice: “nos vamos a ver otra vez”. Eso nunca lo hubiera dicho si no hubiera conocido a Ana.

Además de su madre, ¿qué hay de Cecilia Samartin en la novela?

Yo siempre quiero escribir sobre personajes que me inspiran, yo quiero crecer como ellos. En este caso, yo quisiera ser más como Ana, entregarme más a las personas que amo, tener ese balance, esa tranquilidad interna y esa confianza de que estoy en mi camino. Y no preocuparme tanto. Ana es una persona muy sensible y uno siempre se preocupa… pero no se angustia. Es el amor el que la motiva, no la preocupación por cómo pasarán las cosas. Ella no se mete en esas tragedias, no gasta su energía en el qué pasará. Son cosas que yo quisiera para mí.



Lidia Casado








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