miércoles, 6 de noviembre de 2013

CECILIA SAMARTIN, EL DON DE ANA





Ficha técnica: 

Título: El don de Ana 

Autora: Cecilia Samartin 

Editorial: MR 

ISBN: 978-84-270-4069-4

Páginas: 416

Precio: 21,50 euros



Sinopsis (editorial): 

Querido lector: Aunque estas líneas suelen utilizarse para adentrar a las personas en una novela, en esta ocasión creemos que no existen palabras suficientes para poder explicar las emociones y los sentimientos que esta obra va a transmitirte. Creemos, además, que desvelar plenamente su contenido dejaría muchos cabos sueltos, pues este relato tiene la capacidad de llegar al corazón de las personas por muy diferentes motivos. 

Sin embargo, si decides sumergirte en su lectura, debes saber que esta es la historia —que bien podría haber sido real— de Ana, una niña que sobrevivió a la guerra y cuyo corazón herido la alejó del mundo durante mucho tiempo. Una niña que tuvo la oportunidad de pertenecer a una de las familias más ricas de California y de formar parte de sus vidas para siempre… 

Una novela increíblemente intensa y sentimental que nos hará apreciar la delicadeza de las pequeñas cosas.



Mi opinión:

Cuando leí por primera vez el título de esta novela pensé: "¿y cuál será el don de Ana?". A lo largo de la lectura he ido haciendo conjeturas pero quise esperar al final para extraer conclusiones. Y al cerrar el libro lo primero que se me ocurrió fue: "el título está mal. Ana no tiene un don. Ana está llena de dones". Así que será fácil que cada lector encuentre el que anda buscando ya sea para aprenderlo y asimilarlo, para tomarlo como modelo o inspiración, para vestirse con él y salir a la calle con el mejor pelaje posible o para enseñarlo a esos pequeños seres a los que traemos al mundo e intentamos equipar con las mejores herramientas para el futuro. Porque Ana es comprensiva, tiene mano con los niños, es capaz de ponerse en el lugar del otro, tiene una capacidad infinita para perdonar y para amar, tiene un repertorio de consejos que le darían para escribir una utilísima guía para la vida, tiene una forma de ver el mundo sencilla y sin dobleces y es capaz de encontrar en cada persona lo mejor de sí mismo y sacarlo a la luz. Y es que Ana, toda ella, es pura luz. Capaz de iluminar, de inspirar, de consolar y de poner un rayito de esperanza aun en lo más profundo de la oscuridad más negra.

Si has leído esta parrafada y lo que dice la sinopsis sobre que esta es una novela llena de emociones y sentimientos, capaz de tocarte el corazón, quizá creas que es una de esas novelas sentimentaloides y lacrimosas más cercanas al folletín o al culebrón que a la novela... y aunque tiene elementos en común con estos géneros (el pasado de algunos de los personajes da para varios culebrones), la presentación de los sentimientos está bastante más trabajada en esta novela. De hecho, más que presentar sentimientos, Samartin los crea, los genera en el lector. En más de una ocasión he sentido cómo, mientras leía, un sentimiento determinado iba naciendo en mí (a través de una descripción o de la narración de un acontecimiento) e iba creciendo y creciendo hasta que me invadía. Quizá sean las referencias a la música, a la belleza que rodea a la familia Trellis (su casa, su jardín, su piscina...) o la forma de narrar de la autora, pero lo cierto es que me ha ocurrido así. Sin forzar la máquina, de manera natural.

Obviamente, hay momentos muy dramáticos en la novela, comenzando por el pasado de Ana, esa niña condenada a morir a la que su madre salva de la única manera que se le ocurre. Y Ana sabe sacarle partido a esa vida regalada, ese tiempo extra, aunque no tenga esa sensación, aunque crea que necesita esconderse, parapetarse detrás de los muros de un convento o de una mansión para protegerse del mundo exterior, siempre demasiado cruel, siempre despiadado.



UNA FAMILIA PECULIAR



Detrás de los muros de esa mansión también se esconden los miembros de la familia Trellis. Cada uno tiene un pasado que olvidar o que perdonar pero que, sin embargo, sigue condicionando su presente. Ana llegará para poner un poco de orden en la vida del pequeño Teddy, el hijo de Adam y Lillian, sepultado entre tantas oportunidades y facilidades, al que la falta de lo realmente necesario (atención, cuidado, cariño) lleva a convertirse en un niño demasiado inquieto y consentido. La figura de Teddy da mucho que pensar sobre la educación y el cuidado a los niños. El matrimonio Trellis tiene de todo... menos tiempo que pasar junto a su hijo. Y Teddy tiene juguetes, espacio, libertad absoluta... pero carece de normas, límites y orientación. Su caso me ha hecho pensar en muchos niños de hoy en día, a los que se les regalan cosas en vez de tiempo, a los que aparcan en estacionamientos de oro pero les niegan lo que ellos más desean: compartir momentos y actividades que creen lazos y den armas para el futuro.

Para Ana, que viene de un pueblo salvadoreño pobre y embarrado, lo más sorprendente es cómo puede ser tan infeliz esta gente que lo tiene todo. En el fondo, en el libro hay una gran enseñanza: el dinero no da la felicidad. Solo el amor, el compromiso, el cariño, la amistad y la confianza. Por eso, cada uno de los miembros de la casa se agarrará a Ana, aunque sea de manera diferente, para contagiarse de su manera sencilla de ver el mundo, de sus consejos (aunque a veces sean perugrolladas, como le reprocha Adam) y apoyarse y sentirse apoyado.

De todos los personajes de la novela, me ha llamado especialmente la atención el de Lillian, la esposa de Adam y madre de Teddy y, poco después, de Jessie. Es una mujer vanidosa, demasiado preocupada por sí misma, su belleza y sus traumas (que no son pocos) como para dedicar tiempo a quienes la rodean. Como madre, delega toda la educación y el cuidado de sus hijos en Ana, que se convierte, así, en una madre sustituta para ellos, a la persona a la que llaman por las noches cuando tienen miedo o les ocurre algo. Cuando Jessie crece y no cumple las expectativas de belleza y elegancia de su madre, Lillian se muestra decepcionada y poco comprensiva. Es, en definitiva, un modelo de madre que existe en la vida real pero que no deja de llamar mi atención por su desapego, su frialdad y su egoísmo. No creo que por ser madre tengas que renunciar a tu propia vida, ni a tus aficiones ni a tu manera de relajarte o divertirte. Pero traer hijos al mundo es una responsabilidad y si la asumes, asúmela con todas las consecuencias. Es mi forma de entender la maternidad, claro. Y por eso se me hace tan complicado ver o leer las vidas de esas familias que delegan por completo el cuidado de sus hijos en alguien que no es ni su padre ni su madre, llámese nana, criada, abuelos o profesores.

Como contramodelo, Samartin nos presenta a la madre de Ana, una mujer luchadora y valiente que sabe cómo sacar a su hija adelante, aun estando sola, e inclusa salvarla de las garras de los guerrilleros que asolan su pueblo. Sus palabras y sus consejos sirven de guía a Ana más allá de la muerte y su compañía siempre la consolará y la sanará. Me ha parecido un personaje delicioso, porque en su sencilla manera de ver el mundo, en su ignorancia, sabe más de la vida que quienes tienen carreras universitarias y pasan 18 horas al día trabajando. Me ha encantado su manera de educar y me ha hecho pensar mucho en cómo afrontaría yo algunos de los tragos por los que ella ha de pasar, empezando por la disyuntiva sobre si salvar la vida a tu hija cuando sabes que se va a quedar sola en el mundo y continuando por cómo afronta una fuga de casa de Ana. Soberbia.



ESTILO MADE IN CECILIA SAMARTIN

No voy a comparar El don de Ana y La abuela Lola porque me parecen libros muy diferentes, novelas que pueden decir mucho a lectores distintos y que puede que te lleguen o más o menos dependiendo de tu trayectoria personal. A mí, personalmente, me llegó más la historia de Lola y Sebastián pero creo que a la vista está que El don de Ana también ha aportado mucho a mi vida. Sin embargo, ambas tiene (creo yo) mucho en común. Más allá del argumento, muy diferente, las dos comparten la mezcla entre dramatismo y las pequeñas alegrías del día a día propias de la vida. Comparten, también, la primacía de los sentimientos y el poder del cariño y de la familia. Ambas presentan personajes con luces y sombras que aprenden una lección a lo largo de la novela y que son capaces de enseñar algo también al lector.

Y ambas comparten, claro está, el estilo literario de Cecilia Samartin. Un estilo bello pero no recargado, hermoso en su sencillez, como la propia Ana. Un estilo capaz de describir los mayores horrores sin regodearse en ellos y de regalarnos metáforas tan emotivas como esta: "Sostenga la semilla de mi amor en la palma de su mano y, cuando esté preparado, plántela en su alma, donde florecerá y crecerá para siempre".

El estilo de Cecilia Samartin aúna, pues, los elementos de los que ella misma habla en los agradecimientos finales de la novela: las palabras adecuadas, el interés de la trama, unos personajes bien delineados y una prosa que fluye con soltura. Seguro que lo suyo le ha costado pero, desde luego, creo que ha dado con la fórmula mágica.

Nos seguimos leyendo. 



Agradezco a Martínez Roca el envío de este ejemplar.



Lidia Casado






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