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martes, 16 de abril de 2013

CRISTINA FALLARÁS, ÚLTIMOS DÍAS EN EL PUESTO DEL ESTE





Ficha técnica:
Título: Últimos días en el Puesto del Este                      
Autora: Cristina Fallarás
Editorial: Salto de página
Género: novela      
Páginas: 112
Publicación: Enero 2013
ISBN:  978-84-15065-41-8
Precio: 12,50 euros

Sinopsis (editorial):
   Una mujer, la Polaca, sitiada con sus hijos y un pequeño grupo de resistentes. Su compañero, el Capitán, ha partido por vituallas y aguardan su regreso, cada vez con menos esperanzas. Los fundamentalistas —no sabemos exactamente quiénes son, aunque sí sabemos lo que son— han despedazado el mundo que conocemos y rodean la casa. Permanece cerrada, pero los sitiados pueden oír afuera la amenaza, los gritos en la noche, las uñas de los perros, los sacrificios. Mientras espera el desenlace ella construye con su voz un relato de amor desesperado, de rabia y de muerte.
   Con un lenguaje, duro y febril, Últimos días en el Puesto del Este resulta un retrato poderosamente lírico de nuestros días, una metáfora de la hecatombe que la crisis ha instalado entre nuestras certezas.

   Mi opinión:
   Ya sabía, por lo que había escuchado en la presentación, que este libro, aunque pequeño, era matón. ¡Y tanto! Pocas veces hay tantos sentimientos y tantas reflexiones propuestas en tan pocas páginas. Cristina Fallarás contaba que sacó el jugo a la historia que quería narrar para dejarla reducida justo al número de páginas que la convocatoria del Premio Ciudad de Barbastro de Novela Corta exigía (premio que ganó, claro) y esa reducción casi casi culinaria, casi alquímica, es la que te deja sin resuello, conmovida, sin aliento, con el alma y la conciencia golpeadas. Porque no se puede contar más en menos ni causar más conmoción con menos palabras.
    Fallarás cuenta en esta novela corta la historia de La Polaca, una mujer que se sabe bella y había hecho uso de esa belleza hasta que pierde todo lo que tenía. Ahora está sitiada junto a otro grupo de personas, esperando el regreso de El Capitán, su pareja, que se fue sin decir ni a dónde ni si pensaba regresar. La desconfianza ante la falta del cabeza de manada va creciendo entre el grupo, que paga el abandono de El Capitán con su familia. Hay, por lo tanto, un sitio dentro del sitio: el grupo está sitiado respecto al exterior, acosado por unos perros y sus dueños, de los que solo sabemos breves referencias a su afán por dominar el mundo y su vinculación con la religión. Pero, al mismo tiempo, el grupo sitia a la familia de La Polaca, doblando el sufrimiento, doblando la sensación de acoso, doblando la incertidumbre y la falta de esperanza. A estas dos situaciones de sitio añadiría una tercera: la de la propia protagonista respecto a un mundo en el que no se ha querido involucrar demasiado (de hecho, no habla, por ejemplo, de las mujeres con las que convive por su nombre, sino que nos las da a conocer con expresiones del tipo "la mujer llamada Maura", como si ese no fuese nombre o su nombre careciese de importancia para ella, porque ella no tiene vínculo con esa mujer).
    Tampoco tiene nombre su hija menor, a la que se refiere como "la pequeña", frente a León, su hijo mayor. La metáfora del nombre del niño es al mismo tiempo gráfica e irónica, mientras que la falta de nombre de la niña puede ser tomada como un símbolo de protección (si no sabes su nombre no puedes ir a por ella, la mantengo en el anonimato para salvarla).
    La Polaca huye de ese sitio múltiple recurriendo a sus recuerdos, concretamente, a una aventura amorosa que mantuvo con un hombre al que habla en segunda persona, al que dirige este triste diario de un asedio, divido diez noches, expuesto en el presente de quien ocupa el oscuro tiempo nocturno para hacer repaso del día y contar lo sucedido en las horas previas. El presente del asedio se mezcla con el pasado cercano del día a día que pelea por la cotidianidad (intentado recuperar algo de lo conocido entre la excepción del momento en el que se vive) y el pasado remoto de una vida ya lejana en la que el dinero, la belleza, el sexo, el alcohol y la alegría de vivir sin miedo al mañana eran el pan nuestro de cada día. Se crea así una dualidad, una oposición que deja en el lector la huella de lo perdido, la marca de lo efímero, del echar de menos algo que se tuvo (se tuvo todo y se perdió) pero a lo que no se dio importancia entonces. Ahora, en este presente sucio y acongojado, ese pasado refulge con el brillo de lo dado por hecho, de lo que se tiene y no se aprecia, de lo que se pierde y se anhela hasta dolerte el alma.
    La Polaca se refugia en la pasión que un día hizo latir su corazón para seguir sintiéndose viva, para recordar lo que fue y lo que tuvo y para vencer el acoso sin tregua de los otros. Ahora que ha renunciado a todo, a sus posesiones, a sus pequeños tesoros y hasta a su melena, símbolo de su belleza, la protagonista se aferra a sus hijos y a sus recuerdos como último refugio, físico y emocional. La reflexión sobre la maternidad será, pues, otro de los temas que la autora presenta al lector para que compare vivencias, enfrente ideas, extraiga conclusiones.
    Últimos días en el Puesto del Este es una novela febril, que va ganando intensidad a medida que avanza la narración hasta que explota en un mar de desesperación, tristeza y desconsuelo. Una novela escrita con un estilo muy bello, muy pasional pero muy literario, en que el lirismo, la poeticidad, las metáforas y el simbolismo contrastan con la crueldad de lo narrado y, al mismo tiempo, proponen una lectura más allá del episodio contado, de tal manera que puede entenderse como una gran alegoría de la situación económica actual, del sitio al que las clases poderosas mantienen a los ciudadanos, del enfrentamiento que provocan entre nosotros mismos, de ese Estado del Bienestar que nos han hecho perder, que disfrutábamos sin saber que era un lujo, que ahora anhelamos porque ya no es un Estado para todos, sino sólo para unos cuantos, los elegidos, los dueños de los perros. Los propios perros.      
    Nos seguimos leyendo.      

 Agradezco a Salto de Página que me haya facilitado este ejemplar.



Lidia Casado

martes, 5 de marzo de 2013

Cristina Fallarás presenta su novela más impúdica, "Últimos días en el Puesto del Este", en la que vuelca su rabia y su desesperanza  

Pablo Mazo, Cristina Fallarás y Darío Adanti, en la presentación del libro



     Últimos días en el Puesto del Este está escrito con el corazón. Con el corazón... y con las entrañas. Y con ese lugar oscuro del alma en el que habitan la ira, la soledad extrema, la desesperanza, la nada absoluta. Es una novela corta, pero intensa. Escrita con sentimientos desbordados, con extrema pasión. Pero viendo cómo habla de ella su autora, Cristina Fallarás, es difícil creer que esta mujer, esta fuerza de la naturaleza, haga algo sin poner la vida en ello. Sus palabras, sus gestos, los movimientos de su manos, su voz, la fuerza con la que sacude esa melena tan viva como su arrolladora personalidad no pueden por menos que arrastrarte, dejarte boquiabierta, llevarte a su terreno. Ella misma lo explica: la novela “tiene un tono arrebatado, porque no se puede escribir de otra manera”.
    Así me sucedió a mí en la presentación de la reedición de esta obra que ganó el XLII premio Ciudad de Barbastro de novela corta. Una novela que fue escrita en noviembre de 2010, “cuando ya no me quedaba nada y le dije a mi pareja: a partir de ahora, la carne es para los niños”. Ganar el premio era la única manera de obtener algunos ingresos así que se encerró a escribir con desesperación, casi febrilmente, ahogada por un mar de sentimientos (de ira, de impotencia, de rabia, de soledad, de desolación...) y condensando todo lo que quería transmitir en el puñado de folios máximo requerido por las bases del certamen.

La autora leyó algunos fragmentos
 Últimos días en el Puesto del Este no habla de la crisis. “No aparecen ni Rajoy, ni Bárcenas... ni nadie con nombres y apellidos. Aparecen, eso sí, unos perros”, explica Fallarás, quien añade que por aquella época aún no había entrado en la vorágine de lucha política y social en la que sí está ahora, así que todo lo sugerido está mucho más poetizado, mucho más estilizado. Esta novela corta cuenta la historia de La Polaca, una mujer que vive con sus hijos en un lugar sitiado. Junto a ellos, un pequeño grupo de residentes cada vez más enfrentados, con todas las miserias humanas presentes en cualquier colectivo. “Cuando te sitian, no hace falta que te maten. Ya se matan los de dentro solos”, enfatiza la autora, queriendo mostrar la soledad radical de la situación en la que se encuentra la protagonista.


Una protagonista que no se llama Cristina pero que podía hacerlo. “Es una novela profundamente impúdica, en la que me muestro a lo bestia”, afirma Fallarás. Y lo hace de una manera muy lírica pero que encierra una crítica social hecha desde lo íntimo. “Es una construcción literaria de lo que estamos viviendo”, una gran metáfora sobre la situación en la que nos encontramos: “ahora mismo todos estamos sitiados. Somos una sociedad fracasada, un grupo humano miserable”, criticaba la autora. Y lo más sorprendente, o doloroso, o triste es que, tal y como destacó el editor de la obra, Pablo Mazo, tiene una dimensión visionaria: escrita en 2010, habla de lo que está ocurriendo ahora, de la crisis extrema que estamos viviendo. “Está escrita contra el fanatismo, habla de la miseria moral que deja la pobreza a su paso. Está escrita desde la rabia, desde una indignación muy particular, muy característica de Cristina”, señaló Mazo quien hizo referencia a las circunstancias de la reedición de la novela, después de que cerrara la editorial que la publicó con anterioridad. “Pienso mucho en esa gente que se hubiera alegrado de que este libro hubiera sido guillotinado, hubiera desaparecido (tal y como ocurre con los libros publicados por editoriales que cierran)”, manifestó, sintiéndose feliz por haber podido lanzar una nueva edición de esta novela, de esta narración del desamparo.
    “Cuando te quedas sin nada, cuando te quedas en los huesos, de repente se te hace visible lo esencial”, explicaba Fallarás tratando de hacer comprender la actitud de La Polaca y de describir sus propios sentimientos ante su situación personal. “La desposesión tiene algo de desesperanza pero también de liberación: ya no te queda nada, no tienes nada por lo que luchar. Es lo que me ocurrió a mí cuando me llegó la orden desahucio. 'Que se lo lleven, que se lo lleven todo', pensé. Ya he luchado suficiente, no puedo luchar más. Ya no me queda nada”, compartía con los presentes. E ironizaba: “yo fui una pionera de la crisis. A mí me echaron en el 2008, embarazada de ocho meses.

Adanti compartió sus impresiones sobre la obra
 Con testimonios como éste, era imposible que los asistentes a la presentación de la novela (celebrada el jueves 21 de febrero, en la librería Burma de Madrid) no sintieran el corazón en un puño. Yo, por lo menos, viví y bebí todas sus palabras con una mezcla de estupefacción y admiración. La misma admiración que mostraba en su intervención el ilustrador Darío Adanti, quien adelantó que “lo que está pasando en el libro es la acutalidad pero sin el maquillaje de la actualidad”. Adanti halagó el “ritmo maravilloso” de la obra y la “mezcla de géneros”, asegurando que tiene “un toque de literatura latinoamericana de experimentación, de los años 70; también de literatura antiutópica y de literatura contemporánea”.
    La única novela no negra de Cristinas Fallarás, escrita en “unas circunstancias personales brutales”, como ella misma reconoce, es una obra “costumbrista, pero del presente”, tal y como la definió Adanti. Una obra profundamente crítica, que es un puro estado de ánimo y que pretende ahondar no sólo en la vivencia de la pérdida total sino también en la nostalgia que siente quien lo tenía todo, quien era inmensamente rico y no lo sabía. Una novela, en palabras de Adanti, “tan humana que sientes una empatía particular, pero que te destroza”.
    Nos seguimos leyendo.

La presentación tuvo lugar en la librería Burma de Madrid



Crónica realizada por:
Lídia Casado de Juntando más letras


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