Ficha técnica:
Título: Últimos días en el Puesto del Este
Autora: Cristina Fallarás
Editorial: Salto de página
Género: novela
Páginas: 112
Publicación: Enero 2013
ISBN: 978-84-15065-41-8
Precio: 12,50
euros
Sinopsis (editorial):
Una mujer, la
Polaca, sitiada con sus hijos y un pequeño grupo de resistentes. Su compañero,
el Capitán, ha partido por vituallas y aguardan su regreso, cada vez con menos
esperanzas. Los fundamentalistas —no sabemos exactamente quiénes son,
aunque sí sabemos lo que son— han despedazado el mundo que conocemos y
rodean la casa. Permanece cerrada, pero los sitiados pueden oír afuera la
amenaza, los gritos en la noche, las uñas de los perros, los sacrificios.
Mientras espera el desenlace ella construye con su voz un relato de amor
desesperado, de rabia y de muerte.
Con un lenguaje, duro y
febril, Últimos días en el Puesto del Este resulta un retrato
poderosamente lírico de nuestros días, una metáfora de la hecatombe que la
crisis ha instalado entre nuestras certezas.
Mi opinión:
Ya sabía, por lo que había
escuchado en la presentación, que este
libro, aunque pequeño, era matón. ¡Y tanto! Pocas veces hay tantos sentimientos
y tantas reflexiones propuestas en tan pocas páginas. Cristina Fallarás contaba
que sacó el jugo a la historia que quería narrar para dejarla reducida justo al
número de páginas que la convocatoria del Premio Ciudad de Barbastro de Novela
Corta exigía (premio que ganó, claro) y esa reducción casi casi culinaria, casi
alquímica, es la que te deja sin resuello, conmovida, sin aliento, con el alma
y la conciencia golpeadas. Porque no se puede contar más en menos ni causar más
conmoción con menos palabras.
Fallarás cuenta en esta novela corta la historia de La
Polaca, una mujer que se sabe bella y había hecho uso de esa belleza hasta que
pierde todo lo que tenía. Ahora está sitiada junto a otro grupo de personas,
esperando el regreso de El Capitán, su pareja, que se fue sin decir ni a dónde
ni si pensaba regresar. La desconfianza ante la falta del cabeza de manada va
creciendo entre el grupo, que paga el abandono de El Capitán con su familia.
Hay, por lo tanto, un sitio dentro del sitio: el grupo está sitiado respecto al
exterior, acosado por unos perros y sus dueños, de los que solo sabemos breves
referencias a su afán por dominar el mundo y su vinculación con la religión.
Pero, al mismo tiempo, el grupo sitia a la familia de La Polaca, doblando el
sufrimiento, doblando la sensación de acoso, doblando la incertidumbre y la
falta de esperanza. A estas dos situaciones de sitio añadiría una tercera: la
de la propia protagonista respecto a un mundo en el que no se ha querido
involucrar demasiado (de hecho, no habla, por ejemplo, de las mujeres con las
que convive por su nombre, sino que nos las da a conocer con expresiones del
tipo "la mujer llamada Maura", como si ese no fuese nombre o su
nombre careciese de importancia para ella, porque ella no tiene vínculo con esa
mujer).
Tampoco tiene nombre su hija menor, a la que se refiere como
"la pequeña", frente a León, su hijo mayor. La metáfora del nombre
del niño es al mismo tiempo gráfica e irónica, mientras que la falta de nombre
de la niña puede ser tomada como un símbolo de protección (si no sabes su
nombre no puedes ir a por ella, la mantengo en el anonimato para salvarla).
La Polaca huye de ese sitio múltiple recurriendo a sus
recuerdos, concretamente, a una aventura amorosa que mantuvo con un hombre al
que habla en segunda persona, al que dirige este triste diario de un asedio,
divido diez noches, expuesto en el presente de quien ocupa el oscuro tiempo
nocturno para hacer repaso del día y contar lo sucedido en las horas previas.
El presente del asedio se mezcla con el pasado cercano del día a día que pelea
por la cotidianidad (intentado recuperar algo de lo conocido entre la excepción
del momento en el que se vive) y el pasado remoto de una vida ya lejana en la
que el dinero, la belleza, el sexo, el alcohol y la alegría de vivir sin miedo
al mañana eran el pan nuestro de cada día. Se crea así una dualidad, una
oposición que deja en el lector la huella de lo perdido, la marca de lo
efímero, del echar de menos algo que se tuvo (se tuvo todo y se perdió) pero a
lo que no se dio importancia entonces. Ahora, en este presente sucio y
acongojado, ese pasado refulge con el brillo de lo dado por hecho, de lo que se
tiene y no se aprecia, de lo que se pierde y se anhela hasta dolerte el alma.
La Polaca se refugia en la pasión que un día hizo latir su
corazón para seguir sintiéndose viva, para recordar lo que fue y lo que tuvo y
para vencer el acoso sin tregua de los otros. Ahora que ha renunciado a todo, a
sus posesiones, a sus pequeños tesoros y hasta a su melena, símbolo de su
belleza, la protagonista se aferra a sus hijos y a sus recuerdos como último
refugio, físico y emocional. La reflexión sobre la maternidad será, pues, otro
de los temas que la autora presenta al lector para que compare vivencias,
enfrente ideas, extraiga conclusiones.
Últimos días en el Puesto del Este es una novela
febril, que va ganando intensidad a medida que avanza la narración hasta que
explota en un mar de desesperación, tristeza y desconsuelo. Una novela escrita
con un estilo muy bello, muy pasional pero muy literario, en que el lirismo, la
poeticidad, las metáforas y el simbolismo contrastan con la crueldad de lo
narrado y, al mismo tiempo, proponen una lectura más allá del episodio contado,
de tal manera que puede entenderse como una gran alegoría de la situación
económica actual, del sitio al que las clases poderosas mantienen a los
ciudadanos, del enfrentamiento que provocan entre nosotros mismos, de ese
Estado del Bienestar que nos han hecho perder, que disfrutábamos sin saber que
era un lujo, que ahora anhelamos porque ya no es un Estado para todos, sino
sólo para unos cuantos, los elegidos, los dueños de los perros. Los propios
perros.
Nos seguimos leyendo.
Agradezco
a Salto de Página que me haya
facilitado este ejemplar.
Lidia Casado