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miércoles, 3 de enero de 2018

MI RELATO PARA EL CONCURSO #CUENTOSDENAVIDAD DE ZENDA

¡Hola a todos!

Hoy de nuevo estoy aquí con una entrada diferente a lo que suelo publicar habitualmente en el blog. 

Como algunos de vosotros sabéis una de mis pasiones, además de la lectura, es la escritura y, de vez en cuando, participo en concursos literarios como el de hoy. Si queréis más información sobre el concurso, aquí tenéis el enlace.


El tamborilero

Antonio llevaba más de tres años y medio sin trabajar. El trabajo se acabó en la obra y no volvieron a llamarle, porque «No encajaba en el perfil» o, simplemente, era demasiado viejo para trabajar. Pero necesitaba llevar un sueldo a casa, porque aunque no tenía mujer, ni hijos, ni sobrinos, necesitaba sumar algo a la exigua pensión de su madre. Aquel año no tenían dinero ni para comprar una barra de turrón del blando, el preferido de ella.
La misma mañana del veintidós de diciembre, el día de la lotería de Navidad, que ese año tampoco les había tocado, el médico le había aconsejado que buscara una residencia para su madre. Antonio ya no estaba para hacer esfuerzos. El cáncer de colon que le habían diagnosticado hacía casi un año, le estaba pudriendo por dentro, y pronto no podría empujar la silla de ruedas para sacarla a pasear al parque cada mañana para que le diera el sol. Sabía que ella ya no se enteraba, porque hacía años que no le conocía, ni le hablaba, y día a día se iba diluyendo en el negro lago de su memoria. Antonio sabía que sin su madre no podría aguantar la recta final de su enfermedad, por lo que decidió que ese año tendrían una nochebuena muy especial.

En los bajos de la pequeña casa donde vivían, tenía aparcado su SEAT 131, la niña de sus ojos, su bólido de juventud, que ya tenía poco de bólido y menos de juventud. Hacía años que no lo conducía, pero como siempre le había gustado la mecánica, el motor aún rugía como cuando alcanzaba los cien kilómetros por hora en la autopista. Lo lavó y lo limpió hasta dejarlo brillante como en sus mejores tiempos.
La tarde de nochebuena bañó a su madre, la tiñó y le cortó el pelo que llevaba algo descuidado. Después, le hizo el moño bajo que tan bien le quedaba, y la maquilló resaltando bien sus facciones, siempre había sido muy guapa. No pudo ponerle ninguna de las joyas que había lucido cuando era joven, porque todas había tenido que empeñarlas para poder comer y mantener aquella vieja casa que prácticamente se les caía encima. Después, la dejó sentada cómodamente en su silla de ruedas, mientras él se vestía con el único traje que no le quedaba enorme. Tras el último año en el que las tripas se le habían podrido, se había quedado en los huesos y parecía que el traje lo sostenían palos en lugar de sus hombros y piernas.

Cuando los dos estaban elegantes y preparados, bajó como pudo a su madre y a la silla de ruedas hasta la parte de abajo de la casa, donde tenía el coche preparado. Cuando llegaron, la acomodó en el asiento del copiloto, siempre le había dicho que le gustaba sentarse ahí para ver bien la carretera, y guardó la silla en el maletero. Con celo de pintor selló todas las ranuras del viejo 131: ventanas, puertas, rejillas de ventilación, todo lo dejó bien tapado. Después, cogió una manguera que días antes había preparado para la ocasión y la ató al tubo de escape y la hizo entrar por el orificio que expresamente había hecho al suelo del coche.
Una vez tuvo todo preparado, se sentó al volante, encendió el motor y puso el casete de villancicos de Raphael, el preferido de su madre. Cantando a media voz El tamborilero, cogió la mano de su madre y le dio un beso en su arrugado y empolvado pómulo. Envueltos en una niebla de monóxido de carbono, emprendieron el viaje que los mantendría juntos para siempre en una nochebuena eterna.

Inma Bretones
@Lectoradetot


domingo, 2 de julio de 2017

MI RELATO PARA EL CONCURSO DE HISTORIAS CON ORGULLO DE ZENDA

¡Hola a todos!


Hoy de nuevo estoy aquí con una entrada diferente a lo que suelo publicar habitualmente en el blog. 
Como algunos de vosotros sabéis una de mis pasiones, además de la lectura, es la escritura y, de vez en cuando, participo en concursos literarios como el de hoy. Si queréis más información sobre el concurso, aquí tenéis el enlace.

Y este es mi relato:



EL QUÉ DIRÁN

Me llamo Manolo y, aunque hace dos meses que enterré a mi mujer, que en gloria esté, después de casi cuarenta años de casados, soy maricón.
Durante todo este tiempo, he vivido reprimido por el qué dirán. He ocultado que vivía enamorado de mi vecino del cuarto tercera, silenciando mis suspiros al verlo desde detrás de las cortinas del comedor paseándose de uno y otro de la mano, mientras mis hijas se hacían mayores y Paquita, mi mujer, vivía infeliz al lado de un hombre que no la deseaba.
He estado y sigo enamorado de él desde que me casé y vinimos a vivir a este piso. Durante todos estos años no he podido pensar en otra cosa, y lo siento por mi mujer, pero confieso que cuando estaba con ella, me la imaginaba con la cara  de Rafael, su espalda, sus brazos torneados y su pelo negro ensortijado. He susurrado su nombre en silencio cada noche al acostarme, haciendo maravillas para que mi santa esposa no se diera cuenta, y ha sido lo primero en lo que he pensado cada mañana a las cinco y media cuando me sonaba el despertador para irme a trabajar al taxi.
Y ahora, con sesenta y dos años y viudo, me he dado cuenta de que no quiero seguir pasando por mi vida de puntillas, escondiéndome de la gente y del qué dirán, ya me da igual todo. Ahora, es el turno de el verdadero Manolo, dicen que a eso se llama salir del armario, pero yo, solo quiero salir de mi casa con la cabeza bien alta. Voy a decirle a Rafael que aquí estoy, que no puedo más, que vivo enamoradito de él, que ansío sus labios y deseo que me abrace, pero no como el abrazo que me dio en el entierro de su madre, anhelo notar su piel sobre la mía, sus besos y sus caricias.
Ya no quiero esperar más, ha llegado el momento, qué más da, a mi edad poco me importa lo que digan los demás, no pienso seguir cerrándome puertas. Voy a empezar un nuevo camino y ser libre.
Tampoco es que quiera desmelenarme y vaya a subirme en una de esas carrozas llenas de colores y de gente, y me vaya a vestir con lycra y lentejuelas como esos del Orgullo gay, no, eso no es para mí. Yo sólo quiero vivir la vida como siempre he querido, ir de su mano por la calle y tenerlo cada noche a mi lado en la cama. Necesito dejar de soñarlo y vivirlo.
            Ahora, al fin, me toca ser feliz.
@lectoradetot

Inma Bretones
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