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viernes, 1 de septiembre de 2017

¡¡¡VOLVEMOS A LA CARGA CON UN MONTÓN DE LETRAS POR DELANTE!!!

¡Hola a todos!

Todo lo bueno se acaba y también las vacaciones. No obstante, para mí septiembre, aunque es un mes en el que regreso al trabajo, con todo un curso por delante, es un inicio de etapa con un montón de proyectos y retos. 

No sé si sabéis que he acabado mi primera novela. ¡¡¡Sí, la he acabado!!! ¡¡¡Aún no me lo creo!!! Ahora mismo estoy en pleno proceso de corrección y espero que, en breve, si queréis, podáis leerla. Me hace una inmensa ilusión estar escribiendo esto, porque acabar mi novela era algo que veía como algo muy lejano, y al fin tener la historia escrita y estar tan cerca de poder tener la novela en mis manos es un sueño hecho realidad.
Por ahora, no puedo revelaros mucho más sobre mi novela, ni siquiera el título, pero espero poder hacerlo muy pronto... Mientras tanto, continuaré leyendo lo que escriben otros, aprendiendo y, como no,  escribiendo... y tal vez, poniendo sobre el papel nuevas ideas que ya vuelan en mi cabeza para mi próxima novela.

¡Nos leemos!

miércoles, 14 de junio de 2017

MI RELATO PARA EL CONCURSO DE RELATOS DE VIENTO DE ZENDA

¡Hola a todos!

Hoy de nuevo estoy aquí con una entrada diferente a lo que suelo publicar habitualmente en el blog. 
Como algunos de vosotros sabéis una de mis pasiones, además de la lectura, es la escritura y, de vez en cuando, participo en concursos literarios como el de hoy. Si queréis más información sobre el concurso, aquí tenéis el enlace.

Y este es mi relato:

EMPEZAR DE CERO

Se llama Laura, tiene treinta años y lleva muerta desde los quince, cuando conoció a Guillermo, su verdugo. Su muerte no fue instantánea, de esas que hace pasar a mejor vida de forma inesperada, ha ido muriendo poco a poco, de forma lenta, agónica y dolorosa.
Ha deambulado moribunda con el alma rota, y con el cuerpo magullado por chocar siempre con la misma piedra. Dicen que los humanos son el único animal que tropieza dos veces con el mismo obstáculo, y ella ya está harta de ser tan humana.
Le gustaría convertirse en un animal irracional, en un ave, y desplegar las alas y volar lejos, sobre el mar, dejándose acunar por el viento sobre la inmensidad azul y ondulada. Sintiéndose libre y volver a la vida.
Quiere huir de la tumba que él le ha construido y que le asfixia. Sabe que le costará salir de ella, arrastrar la pesada losa que le ha recluido todos estos años, no será fácil, pero se acabó, ha decidido que ahora le toca a ella.


Esta noche, de madrugada, ha reunido el valor que ha acumulado todo este tiempo. No podía soportar ni una paliza más. Ha esperado a que Guillermo durmiera y se ha levantado, sin apenas hacer ruido, de la cama que compartía con él. Ha ido hasta la cocina en busca del cuchillo de la carne, el más grande que había en la casa, y ha regresado a la habitación dejando entreabierta la puerta para aprovechar la poca luz que llegaba desde la cocina. Entonces, empuñando el cuchillo con las dos manos, lo ha alzado y lo ha clavado con todas sus fuerzas en el pecho de él varias veces, hasta que los brazos le temblaban tanto por el esfuerzo que ha caído abatida. Mientras le asestaba una puñalada tras otra, recordaba las palizas, las costillas y el fémur roto, los labios reventados, y, sobre todo, el bebé que crecía detrás de su ombligo y que él no le permitió vivir.
La sangre le ha salpicado la cara, el pelo, la ropa y las paredes, no le importa, la muerte es roja, le gusta el rojo, ya estaba harta de que el negro fuera el color de su vida.
Sin fuerzas se ha levantado del suelo, donde yacía junto al enorme charco de sangre y camina desorientada hacia la ducha, necesita quitarse a Guillermo de encima por última vez. En la ducha, él se va por el desagüe. «Ya no habrá más palizas», piensa.


Se viste y sale, huye. Hace mucho frío. Intenta correr, pero las piernas le tiemblan. El viento sopla arrastrando la niebla que cubre como un manto la calle. No sabe a dónde ir, no tiene destino, sólo quiere escapar.
Sus pasos le encaminan hasta la estación de tren. Mira la pantalla con los horarios sin ser capaz de descifrar las letras que aparecen. Un chaval, con mirada huidiza y pelo grasiento, le pregunta si puede ayudarle a utilizar las nuevas taquillas recién instaladas en la estación. Ella no le escucha, solo es capaz de contestarle un «Sí, por favor». Él empieza a desgranarle una retahíla de datos que es incapaz de descifrar, asiente como una autómata. Le da unas monedas que encuentra en el bolsillo del pantalón y el chaval le da un billete y el cambio. «Su tren está a punto de llegar, corra hasta el andén». Laura cruza la puerta que lleva a las vías y se estremece por el frío de la mañana, con las prisas no ha cogido el abrigo, sólo va vestida con unos tejanos y un jersey fino y aún tiene el pelo mojado.
Sube al tren y localiza un asiento libre junto a la ventana, le gusta fijarse en los paisajes, necesita perderse en ellos y huir de la realidad que le persigue. Hoy lo abandona todo para empezar de cero, ansiosa por mirar hacia delante y olvidando lo que deja a atrás.

Inma Bretones
@Lectoradetot


¡Gracias por leerme! 

viernes, 21 de abril de 2017

MI RELATO PARA EL CONCURSO DE HISTORIAS DE LIBROS DE ZENDA

¡Hola a todos!
Esta es una entrada diferente a las que suelo publicar en este blog. 
Como algunos de vosotros sabéis una de mis pasiones, además de la lectura, es la escritura y, de vez en cuando, participo en concursos literarios como el de hoy. Si queréis más información sobre el concurso, aquí tenéis el enlace.
Y este es mi relato:

Gina

Debía dar un giro a mi vida y conseguir un trabajo paralelo a la escritura, que no me robase demasiado tiempo y me diera más dinero que mi desastroso último libro. La prostitución no fue algo que me hubiera planteado hasta entonces seriamente, pero en aquellos momentos mi situación era tan desesperada que la consideré el complemento ideal a mi paupérrima vida de escritor.
Redacté un anuncio para algunas de las webs porno más conocidas de la red, pero al hacerme las fotos que debía poner para cumplimentar mi perfil, comprobé que los años no habían pasado en vano y que mi cuerpo estaba demasiado lejos de lo que podía ser deseable para una mujer. Recurrí a un manual de Photoshop y dediqué varias horas a retocar algo más que sutilmente mis fotografías, limando algunas de las imperfecciones que a mis cuarenta y muchos años adornaban mi figura.

Mi aventura en la porno red empezó un jueves y cuál fue mi sorpresa al descubrir que tenía un servicio contratado para ese mismo fin de semana. La clienta contactó conmigo mediante correo electrónico, diciéndome el hotel donde debía presentarme, el día, la hora y su nombre: Gina.
Hacía mucho que no tenía pareja, por lo que aquella pseudo-cita me hizo sentir alagado a la par que inquieto. Después de tanto tiempo de celibato, no estaba seguro de que aquellas alturas mi cuerpo respondiera como lo había hecho tiempo atrás.

El viernes por la noche, antes de la cita, me duché con especial detenimiento, rasuré el vello de mi cuerpo, en un intento de parecer más deseable para la fémina que pagaría por mis servicios, me hidraté y me perfumé hasta el último recoveco de mi dermis. Me vestí con uno de los trajes que había comprado en mi última etapa en el periódico, imaginé que al ser un traje tipo sport y sin corbata pasaría por uno de esos trajes estilosos que tanto gustaban a mi ex.
Llegué puntual al Hotel y subí a la habitación 501, que ella había reservado. Mientras la esperaba, me empezaron a sudar las manos, estaba francamente nervioso. No sabía cómo enfrentarme a una desconocida, a la que debía satisfacer con un amplio abanico de cualidades amatorias, que dudaba que aún conservara en mi haber.
Unos minutos después de la hora en la que habíamos fijado nuestro encuentro, llamaron con decisión a la puerta de la habitación. Respiré profundamente intentando serenarme, y abrí de forma tranquila, colocando en mi cara la sonrisa más relajada que tenía almacenada en mi biblioteca de gestos faciales.
Ante mí encontré unos enormes ojos verdes, enmarcados por unas espesas y larguísimas pestañas, que me miraban con expresión ansiosa y expectante. Sus labios eran algo finos, pero iban maquillados con una espesa y untosa capa de carmín rojo, color que también ocupaba el entallado vestido que envolvía su cuerpo como una segunda piel. El cabello le cubría media espalda con espesos bucles rubios peinados con sumo cuidado. Gina tenía una altura considerable, a lo cual contribuían aún más los altísimos tacones que lucía.
            Me sorprendí gratamente con lo que tenía delante, para ser sincero esperaba encontrarme con una mujer de mediana edad con escaso atractivo físico y que a duras penas consiguiera excitarme. Sin embargo, ella se acercaba bastante al prototipo de mujer que me había atraído desde la adolescencia.
Con un caminar pausado y gatuno se adentró en la habitación sin mediar palabra, sólo me dedicó una insinuante sonrisa que despertó como a un resorte a mi amigo del sótano. Dejó su bolso a los pies de la cama y empezó a desabrocharse el vestido. Mientras, mis manos continuaban encharcadas de sudor, no encontré mejor lugar para secarlas que las socorridas perneras del pantalón de mi traje, que al ser de color oscuro creí que guardarían mi secreto. No obstante, me duraría poco puesto, por lo que pensé que ese detalle carecía de importancia.
Gina había desabrochado su vestido hasta la cintura, mostrándome unos espectaculares senos ocultos tras un sujetador de color negro, que dejaba poco trabajo a mi explotada imaginación de escritor. Pero, ¿ quién pensaba entonces en escribir?. Me acerqué a ella quitándome la chaqueta del traje y desabrochándome la camisa. Después le despojé de aquel ingenio de puntilla azabache que cubría sus turgentes pechos. Una vez desnuda de cintura para arriba, me decidí a hacer lo propio con el resto de mi ropa. Desnudo, le tocaba el turno a ella, pero cuál fue mi sorpresa cuando de un empujón me sentó en la cama y me regaló un strepteasse con el resto de ropa que cubría su piel. Poniéndose de espalda y con un sinuoso recorrido de su mano, acabó de bajar la cremallera trasera de su vestido, que se deslizó hasta sus pies con un leve fru-fru sobre la moqueta que cubría el suelo de la habitación. Con un ágil movimiento de sus torneadas piernas se zafó de aquella prenda de ropa y con un leve movimiento de cadera se deshizo de la última y pequeña pieza de encaje que ocultaba aquella parte de su anatomía.
Una vez desnuda, se giró. Yo, que a aquellas alturas todavía intentaba comportarme como un caballero, decidí mirarle a los ojos. Desde mi privilegiada posición en la cama fui deslizando la mirada hacia abajo, entreteniéndome en sus redondeados senos y en la forma de su estrecha cintura, hasta que me topé con algo que, siendo totalmente inesperado y absolutamente sorprendente, despertó la más profundas de mis envidias. Siempre había deseado tener algo del tamaño como lo que calzaba aquella tremenda señorita.




Inma Bretones

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